XX
Jamás imaginé que
el taxi del Cónsul también fuera una
biblioteca pa’l camino y menos que me
iba a aceptar el cambalache de mis dos libros por dos de los de él. Pedo pedo
pero bien que me quería ensartar los dos tomos de Periodismo de Vicente Riva Palacio, que yo misma escogí con
entusiasmo, su tranza no sé cómo calificarla pues me quitó los tomos de las
manos y me mostraba otras joyitas para volver a ponerme en las manos otro par,
que yo creía era el mismo, de Periodismo
que cuando a punto de cerrar el trato al azahar abrí la segunda parte y ¡Zas!
se me aparecen varias páginas en blanco, - 34 y 35; 38 y 39; 42 y 43; 46 y 47
que le partían la madre a cuatro artículos periodísticos de Don Vicente- para
hacerse el pendejo se aleja a orinar y desde ahí me grita que como los DéVéDés
si me sale defectuoso me lo cambia, sin contestarle revuelvo los paquetes veo
el parcito que yo había escogido primero y compruebo que estos están ausentes
de faltas, los tomo y junto con ellos me apaño como desagravio La Escritura o La Vida de Jorge Semprun,
y una rareza J’irai cracher sur vos tombes
la primera edición se presentó como la traducción del Inglés por Boris Vian,
escritor francés quién más que echar mano de un seudónimo inventó a Vernon Sullivan
negro norteamericano. Sin cerrar la cajuela me subo al carro bajo los seguros,
y los subí después de que mis humos y los de tres cigarrillos se disiparon en
calurosos cielos guerrerenses, mientras fui recordando detalles como la
película de 1959 obviamente en blanco y negro en México le respetaron el título
Escupiré sobre sus tumbas. Mi enojo lo extendí lo suficiente para poder
leer los primeros capítulos sin que el sentimiento de culpa abandonara al Cónsul, quien sólo me habló para
aclararme que estaba siguiendo la ruta más rápida para salir de Chilpancingo
rumbo a Tixtla. Sigo sin comprender por qué escogieron a
Chilpancingo como la capital del Estado de Guerrero, no me refiero a que
desconozca las circunstancias que obligaron a hacerlo, digo ¿qué no se fijaron
en lo pinche fea que es la ciudad? No
quise preguntarle al Cónsul por temor
a su respuesta yendo como iba de pedo. No
sé dónde habrá nacido Vicente Guerrero, ya les preguntaré a las personas que
nos reciban, pero digo ¿por qué no escoger
su pueblo natal como Capital? La otra posibilidad es el desprecio y envidia que
le debe haber tenido Iturbide al siete vidas de Vicente que tuvo tres defectos,
nació prieto, aprendió y perfeccionó el oficio de arriero, y por placer y
convicción vivió y murió por insurrecto sureño.
Por lo que aprecio de este viaje, y más por lo lento del taxi, puedo
hacerme fácil idea de por qué a finales del siglo XVIII, y principios del XIX
el oficio de arriero y dueño de los burros y mulas convirtieron a la familia Guerrero
en gente respetada, y de no pocos recursos.
El Cónsul, que ya para
entonces se había resignado al apodo, trataba de convencerme de quedarnos en
Tixtla, en casa de su cuñada Concepción Rodríguez, donde podíamos descansar
para quitarnos la peda, que le arreglaran el radiador y el clutch al Datsun, y
chance y yo conseguía averiguar algo sobre el viejito, de cuando no lo
era. Ni siquiera me convenció el paisaje del
vallecito tixtleco, porque no lo vi, porque no lo esperaba a mi derecha justo a
la mitad de la curva sin peralte, porque justo en el momento cerré los
ojos. Los cerré para negarme a
detenernos, y los cerré para inhalar mi colilla. Su protesta fue apachurrar el pedal del
acelerador porque ya lo llevaba hasta el fondo.
De golpe me invadieron dos necesidades que lo cambiaron todo. Me urgían mis cigarros, y unas toallas
higiénicas. Jalé el volante hacia mí, y
los reflejos del Cónsul apenitas le alcanzaron para retomar el control varios
metros dentro del pueblo. Nos recibió el
atardecer tixtleco que aún iluminaba una amplia calle garapiñada de baches,
diseño innovador para regular la velocidad vehicular antes de desembocar a la
calle Real. Nunca me ha quedado claro,
si esta denominación alude a su pasado colonial, o a que dicha calle es más
calle que las demás, y, aunque es la principal, no se les da la gana llamarla
avenida, paseo, o bulevar. En este caso
me llamó nuevamente la atención la gran libertad que goza el urbanista del
pueblo para intercalar de manera ecléctica construcciones de tabicón, adocreto,
o como se llame, incrustadas entre las bellas casas tradicionales con paredes
de adobe de metro y medio de ancho, el blanco encalado de éstas contrastando
con amarillos, anaranjados, chiclamino, colores chillones todos ellos.
Íbamos
a velocidad de desfile patriotero cuando una viejita, saliendo de la nada, se
arroja contra el coche gritando ¡Tlaxcalteca!
El Cónsul detiene a media
calle el taxi, enchilado contesta al insulto en chileno vulgar ¡Concha! Se apea sin cerrar la puerta, y abraza a la
mujer al tiempo que ambos se gritan al oído ¡Cuñada! ¡Cuñado! Rompen el abrazo
para, felices, mirarse a los ojos. No
acababa yo de reconstruir la escena cuando a una seña imperceptible de la
cuñada del Cónsul, dos chavos
vivarachos se acercan al coche. Uno de
ellos, con modales impecables, me abre la puerta, me ayuda a bajar, mientras lo
hacía apareció a mi lado el otro par de ojos enormes cargando mi mochila. Entre los dos me escoltan hacia un borde de
cemento casi de mi altura, que hace las veces de banqueta de la cual aparecen
tres escaloncitos cómodos para subir.
A
punto de aceptar ser empujada al interior de una casa atino a girar la cabeza
para ver que la cuñada Conchita y el Cónsul
de ¿Tlaxcala? me seguían a unos pasos, y a diferencia mía, despreocupados de
que el cochecito modelo Cuauhnahuac se alejaba hacia el fondo de la callecita. Me sentí segura de que todo parecía estar
bajo control. A mi seguridad se le fue
agregando un sentimiento placentero, cada vez más sensual, conforme cruzamos
una habitación llena de retratos de familia hacia un corredor con macetas
gordas flanqueaban el lado del jardín interno.
Lo sensual del ambiente me acabó por invadir al encontrarme ya sentada
en un riquísimo equipal ablandado por los años, y mil aromas arrastrados por la
brisa húmeda me ponían a prueba. Apenas
y me faltaba algo.
-
Ve ca’Rosita. Le dices que vas de mi
parte, fíjate bien, le dices que está de visita mi cuñado, que por favor nos
mande dos platos de pozole. ¡Ándale muchacha! ¿Qué esperas? llévate la olla grande,
y dile que va con todo, con todo.
Yo
sí tenía hambre, claro que la tenía, pero mis urgencias eran otras.
-Perdón, doña Conchita, me gustaría mucho
poder ir a la farmacia.
-¿A
la farmacia? ¿Qué no te dijo, pues, mi cuñado que aquí mero es farmacia?
Acompáñame, ¿qué se te ofrece?
-
Bueno, la mera verdad, necesito un paquete de cigarrillos con urgencia, y si
fuesen acompañados de toallitas sanitarias, mejor.
Me
encantó la entonación del modo de hablar de doña Concha, entre lentón y
cadencioso. Ya conocía el acento de los
costeños de Acapulco, y el de los de Taxco, por lo que me dio gusto pensar que
con el de Tixtla eran tres los acentos de Guerrero que podía reconocer. Al minuto de haber salido del baño tixtlero chupaba
ya mi primer cigarrillo entre las hojas que no lograban esconder las inmensas y
perfumadas lima Reina pensando sobre el montón de documentos, revistas y
volantes de varias asociaciones campesinas del Estado de Guerrero, por la
manera que estaban acomodadas no me quedaba claro a cuál de ellas pertenecían
los habitantes de la casa; hablando de posters la cosa fue distinta: había uno
con el retrato de Rubén Jaramillo y otro de Emiliano Zapata, y otra cosa que
llamó mi atención fue que a disposición del que estuviera sentado en el trono
habían cinco legajos de papel impreso, cada uno sujeto a un cordón que se
elevaba bien alto en la pared, y a la misma altura a un ladito de la hilera de
clavos se apreciaba la portada muy verde de un libro pegada con tachuelas. Apenas alcancé a leer Crónicas del Sur que supongo era el título, parpadee para cambiar
de enfoque y jalé hacía mí los legajos, estaban llenos de anotaciones
manuscritas, subrayados y círculos con distintos estilos, algunos capítulos
tenían más lectores que otros. En eso estaba fumando y cavilando entre
limareinas cuando nos llegó la mala noticia de que el pozole se había acabado.
-
Pues entonces, niña, muévete para el mercado y compras un cuarto de chito, le
dices a la señora que la manda saludar Conchita, pero se lo dices antes de que
empiece a recortar pedazos de carne debajo de la servilleta mugrosa con que la
cubre, ya ves cómo es de pichicatera.
Antes
de que se acercara a mí, ya estaba llamando a San Isidro para enterarme de cómo
le estaba yendo a mi Hermilita, y claro, a su cuidador. Me levantó el animo saber que estaba contenta
de su paseo por los alrededores no se había suspendido por mi ausencia. Otro mensaje reiteraba que las Atrabancadas
seguían “declarando”, ¡Qué pinche sentimiento de culpabilidad! ¡Soy una puta
cobarde!
Me
hicieron una seña para que me incorporara a la pequeña tertulia compuesta de
vecinos que se fue formando con la noticia de mi presencia. Nuestros anfitriones, doña
Conchita y el Cónsul recién llegado,
sin despedirse salieron por una puerta, con todo desparpajo, cada uno empujando
una nalga del otro. Lo que saqué en
claro fue que en Tixtla, había nacido Vicente Guerrero, y que los vecinos de
cada barrio contaban la historia con diferente tonadita. Me chupé, las diversas leyendas sobre los
grandes caciques guerrerenses, la bronca entre Nicolás Bravo y Juan Álvarez, y cómo
años después Diego Álvarez era enfrentado por Vicente Jiménez del mero Tixtla,
pero del Padre GG nada, tampoco nada del gobernador actual que desde antes de
hacerse cargo del cargo no ha faltado a su mala fama, y así supongo que me
dormí profundamente.
Doña
Juana me preparó un desayuno espléndido, huevos medio revueltos con salsa de
tres chiles, frijoles negros y epazote, tortillas del comal, y el papaloquelite
que yo quisiera. En cuanto pude me salí
al patio a fumar el segundo del día, y una empleada de la casa, casi una niña,
se me acercó para ofrecerme, quién sabe cómo me vería, que si no se me antojaba
para bañarme el agua del tinaco de plástico negro, ahí estaba la que se había
serenado toda la noche en la pileta de barro y que el sol ya mero la dejaba
lista, se me acercó aún más para decirme algo más pero nos interrumpió un grito
de que la entrevista estaba lista. A
diferencia de la tarde anterior doña Juana había hecho traer a una viejecita de
pelo blanco largísimo, la que perdía con frecuencia el hilo, a la que le pude entresacar
que a GG lo apodaron padre jilguerito porque sembró hartos hijos de muchas
mamás, de que todo esto pasó en Chilapa.
Eso sí, siempre les ayudaba según se fuera necesitando. Metía en la escuela a los escuincles, pagaba
médicos, todo pues… De momento quiso
irse a su casa. No queriendo perder ninguna de las oportunidades que se me
presentaban, pedí que le explicaran a la vieja que para mí era muy importante
preguntarle algo más pero que la alcanzaría en una hora en su casa en el barrio
Cantarranas. Durante la mayor parte de
mi delicioso baño a jicarazos mi asistente permaneció callada pero muy
servicial, estimando la temperatura de la mezcla de agua serenada con la muy
fría del pozo, garantizando que el estropajo estuviera lleno de espuma de jabón
neutro, y mostrando su fuerza al tallarme la zona de la espalda de difícil
acceso para mí. Ya iba a empezar el
segundo enjuague cuando susurró que los muchachos de la montaña me pedían que
no fuera a ocurrírseme visitar a la gente de Tlapa, y ¡zas! un cubetazo de agua
helada me arrancó un suspiro enorme, que ellos me aseguraban que la información
que pudiese obtener no iba a servirme de nada, que a cambio de no visitarlos le
pasaban lo que los señores grandes le habían asignado como tarea el hacerse
pasar por sacerdote católico para gran beneficio de la gente de la Montaña, y
del municipio de Taxco; y de nuevo mi exclamación le constató a la niña que sí
había entendido, y remató aclarando que a las organizaciones si les podría
afectar mucho mi visita. El tercer chorro lo soporté bien y el nuevo mutismo de
la hermosa criatura vino acompañada de toallas calientitas.
El
recorrido entre callecitas rumbo al barrio Cantarranas me entristeció pues era
claro el avance del corriente desarrollo urbano a costa del estilo tradicional
con adobe y tejas hermosas, modernización pinche impuesta con la intención de
uniformar las casas del siglo XXI para que no se sintiera una fuera de onda
sino que todo pareciera colonia chilanga, ya sea en San Luis Potosí, Guerrero,
o Veracruz, y que todos le compraran a las mismas empresas. Y esto pasaba con todo, con las tortillas,
con los tenis, con los celulares, el mercantilismo destrampado tragándose a sí
mismo. La pesadilla se desvaneció al
volver a ver la arrugadísima y hermosa cara de doña N enmarcada por su larga y
blanquísima cabellera.
Ahí me invitaron con doña N (no capté tampoco
su nombre, y no la quiero llamar doña M, por respeto a Rius), y su prima.
Esta
resultó una mujer relativamente parecida físicamente a Doña N, pero mucho más
consciente de sí misma y sus alrededores, me dice, una vez sentadas en la
sombra pero muy cerca de una fuentecita cantarina, casi sin preámbulos:
-
Déjeme decirle señora…que otros como usted que están interesados verdaderamente
en nosotros han podido llegar a entender que “…los campesinos están sumidos en
el régimen del mercantilismo absoluto como lo estuvieron en el orden feudal…Pero
raídos, desollados y machucados [así como nos ve preservamos] en el centro la
nuez que es también la semilla; a pesar de los pesares los campesinos siguen
siendo campesinos.” Sé que usted aclaró
que no anda buscando a un campesino, sino a un sacerdote, pues déjeme decirle
campesinos somos todos, no cada uno de nosotros, sino todos juntos trabajando
día a día en lo que nos toca pero para beneficio de todos como comunidad. El que trabaja en las melgas o las milpas
como labriego es campesino como el jornalero también lo es, y el artesano, el
tendero, la fondera, el de las talachas, el maestro, el cura, si así como lo
oye, el cura, la que atiende el café internet, el obrero de las pequeñas
agroindustrias, el chofer, el contador, el ingeniero, todos los que participan
en las empresas asociativas rurales…podría seguir pero usted quiere
preguntarnos algo, pues pregunte pues.
-
¿Quién de ustedes se acuerda de algún hijo del padre Genaro, y de cómo encontrarlo?
-
Dicen que entre los estudiantes del Poli anduvo uno quesque era su hijo del
padrecito Genaro...Pero vaya usté a saber ondiandi.
-
Yo lo llegué a ver alguna vez, era feo pero muy guapo ahora estará ansina como
yo de viejo. De lo que si no me acuerdo es de su nombre.
Y
así siguió la entrevista, más bien no pasó de aquí, por lo que empecé a
desconectarme, total ya podía gritar: ¡Mis Dolientes,
ya tenemos rumores sobre la existencia de parientes que reclamen legalmente el
cuerpo! ¡Con que fuera sólo uno de carne y hueso me conformo! Y si supiera el
nombre, de que lo encuentro, lo encuentro.
Ahora tendrá entre sesenta y sesentaicinco años. Y si la madre viviese, tendrá no más de
ochenta años, porque estoy casi segura de que al Genaro le gustaban las
quinceañeras. Espero que la
octoviejecita siga en Chilapa y sus alrededores, y que el jovenazo no se haya
jubilado del Poli o del CINVESTAV o donde quiera que ande en el vasto universo. La esperanza está mejor fundamentada, cierra
el pequeño círculo de mi aventura – compromiso.
Para algunos de los dolientes el
esfuerzo que yo hice les parecerá trivial comparado con la participación en
todo el globo hacia la solidaridad extrema, o lo que es lo mismo les va a valer
madres. Que por cierto si la Toña y la
Flora, o la Flora y la Toña no me estuvieran protegiendo como lo hacen, ni
quien dijera que yo tengo algo que ver en el asunto. La verdad es que pensé que el Kingston
traería algo comprometedor, o que confirmaría lo que ahora sabía, o que siempre
supe. Y lo otro que sigue impidiendo que
yo me aleje de todo es la calentura que le agarró por mí al Teniente Torralba. ¡Ah, cómo deseo hacerme chiquita, chiquita! Desaparecer
del cuadro, fuera de los reflectores de la historia, irme más allá de la
penumbra.
Tal
vez me pasa lo mismo que le pasa al Retrasos
otro de los cuates de Mamá, que por andar en cosas personales, buenas y malas,
se pierde gran parte de los grandes momentos históricos, que pudiendo ser parte
de su vida no lo fueron. Y todos sus
cuates criticándolo en silencio. Que no pudo estar cuando las hermosas jornadas
populares en el ochentaiocho, o en el noventa y cuatro; y a su favor para
equilibrar tampoco participó en el voto inútil del 2000 para apoyar la
alternancia, nadie supo si no participó porque no quiso o porque no estaba. Seré muy mensa o no sé pero me molesta este
extrañamiento pasivo que le hacen a este tipo de chavos; con tantito que lo
reflexione una, no puede dejar de revirar que los criticones tampoco estuvieron
ni estarán en los grandes momentos; no estuvieron en los momentos cruciales del
movimiento que llevó a Evo Morales a la presidencia de Bolivia; o cuando más lo
necesitaba el Gobernador socialista Felipe Carrillo Puerto en Yucatán; y así me
puedo seguir alocando. Lo que importa es
entender que los cambios revolucionarios donde las sociedades van volteando la
colosal tortilla lenta pero contundentemente a lo largo de los años, con la
participación de todos los actores: los buenos, los malos, los indiferentes,
todo dios juega su insignificante papel, en los grandes cambios, y en los
pequeños reacomodos que transcurren en el mundo todo. Pero que quede claro, estos cambios puede que
ocurran y pueque no, no es un proceso preprogramado por la providencia para que
pase lo que pase la máquina tortilladora voltee la tortilla a su debido
tiempo. Tenemos que chingarle de a
diario, esperando ir ganándole terreno, a los vendedores de máquinas perpetuas,
vendedores de tortilladoras megaestandarizadas, a los vendedores de harina
globaliuso, a los vendedores de garrafones llenos de agua sin colesterol, que
es la que “debe” consumirse para obtener tortillas que no necesitan “que nadie
las voltee”; que sus lados son iguales; son tan irresistibles que tiene dos
anversos. Esto que ando haciendo es
personal, bien sé que más que búsqueda es una huida hacia el centro de un hoyo
negro.
XXI
¡Asiste, hoy jueves, a la cuarta concentración del
novenario contestatario por la muerte de Genaro G.G! Sus amigos, allegados, y
vecinos quienes vamos creciendo exponencialmente hemos decidido seguir
velándolo en varios lugares simultáneamente, a saber: La maloliente Morgue; En
la calle Río Amazonas donde periódicamente se marcha entre las calles paralelas
con mítines relámpago frente a edificios federales; En Taxco, Guerrero, frente
a Santa Prisca. En el Campamento Eterno
del Río Azul, Ciudadano el velorio
recalentado y pacífico continúa creciendo.
¡Reclama junto con todos el cuerpo de Genaro! ¡Ejerce el derecho
universal a la fraternidad! ¡No a la fosa común y corriente! ¡Sí a la sepultura
comunal! ¡Todos somos parientes! Los Dolientes. Y los Polen Necios, y los de La Ronde des
obstinés, y los Ácaros mundialistas, y los Állaros de la hiperCuerda, y los
Lectores libertarios acompañados de los Libertinos, y a regañadientes y desde
lejos los Liberales Siderales.
Yo recuerdo que
desde el principio de la bronca él participó por las razones equivocadas. El baboso me dice que como nunca había ido
pues ahora iba a como diera lugar, y yo que lo acompaño. Era sábado lo que creaba condiciones para que
al menos una parte de la gente asistiera.
No se llevaba con nadie de los que asistieron, y el creyó que por eso
nadie lo conocía a él. A mí no es que me
conozca mucha gente pero la mera verdad es que no soy una total desconocida.
Se
juntaron unas cuarenta personas después de quince minutos de estar viéndonos
las caras, digo unas cuarenta como podría decir treinta o treinta y cinco, para
el caso da lo mismo ni que fuera yo periódico para andar quedando bien o mal al
dar datos, salvo que ya me gane lo esquizofrénica. Algunos se fueron animando unos a otros «
¿Comenzamos? ¿Qué no irán a venir más? Yo creo que ya no, si dijimos que a las
once y ya son pasadas las doce del día»
Y que se sueltan, un minuto de intervenciones simultáneas y atrabancadas
dando informaciones sobre que ya se había perdido todo; que esto era imposible
puesto que la Diputada Cuevas seguía insistiendo en que nadie nos quitaría lo
que era nuestro; que el Delegado había sido muy claro en que él no quería
engañarnos que lo último que se sabía era que todo estaba perdido. La mayoría
estaba muy enojada. «¡Yo tengo fotos de cuando vino el presidente! Yo correteaba por aquí en la barranca desde
chavito; Yo ya vi lo del cambio del uso del suelo.» Estando así las cosas, y peor en la casa con
un montón de ropa para lavar, y no había sacado del congelador la carne, le
digo al hombrecillo que ahí lo esperaba pa comer, y abandoné la reunión. Descongelé sólo un paquete, preparé la sopa
de zanahoria con jengibre, y desinfecté la lechuga, me puse a lavar mis
calzoncitos y blusitas, termino de hacer la comida, y se me hace evidente que
el susodicho no iba a llegar, y en efecto, no llegaba y no llegaba, me decido a
embrutecerme viajando por internet,
pasando a mis correos me encuentro con que Amazon me avienta un buscapiés con
la noticia de que me hice poseedora de una rebaja formidable por haber comprado
libros hacía algunos meses, la mercadotécnia mañosa e ‘inteligente’ me ofrece Exit Ghost de Philip Roth, quien es uno
de los Reyes Magos de mi madre, mismo que yo había encontrado para regalarme en
mi cumpleaños en los Tianguis de Libros, claro, traducido. Me cambio de canal y de humor, recordando que
la venganza es un platillo que se paladea en frío, casi cachonda saco del anaquel
Sale el Espectro del tal Roth, y me di
un pasón de aquellos con la mente retorcida del antihéroe Zuckerman. Y el otro
que no llegó y ya era bien noche. Y que
me salgo fantasma, y me fui a refugiar a la Cuahutemoc como el Zuckerman
retornó a Nueva York.
En
unas de las poquísimas veces que acompañé a mis amigas al campamento durante
las horas de la noche que vendría el cambio de guardia voluntaria, me atreví a
intervenir en las discusiones amistosas donde unos y otras nos explicábamos
cómo los ricos eran más ricos, no por premio divino, sino que los países pobres
se empobrecían aún más jugando el jueguito toma y daca inventado por
aquellos. Siempre se llegaba al cómo le
hacemos para evitarlo. «Hay que hacer la
revolución» «Levantarse contra el gobierno, ganarle, y poner otro en su lugar,
eso no cambia las cosas de fondo, sabemos que ya lo han hecho otros, aquí y en
otros países, hacer la revolución es revolverlo todo desde abajo, y eso no se
hace en siete días.» Aquella vez que en el auditorio nos
subimos al camión que nos llevaría a un montón de vecinos al Club de Periodistas se subió un hombre
feo pero hermoso, yo para llamar su atención que subo la voz aclarando que por
todas partes la gente estaba hasta la madre de todo, así el otro fue poniendo
atención a nuestros comentarios, y de repente que se suelta: «Yo pensaba que la
revolución había que prepararla, organizarla, dejarla madurar y ya que
estuviera lista…que estallara…» No sé si se dio cuenta, pero me lo comía con
los ojos cuando lo interrumpí « ¿pensaba? ¿Qué ya no piensa que así debe ser?
Lo que tú dices, ¿Te puedo tutear? » avanzo hacia él. «Lo que nos dijiste tiene
mucho sentido, si queremos que algo nazca bien hay que…» Sus ojos negros se
encienden «…la revolución es cualquier cosa menos un parto, no es frase mía,
pero como si lo fuera, es de uno que anda dando conferencias en muchas partes
de la ciudad, es un viejo como de setenta, pero por lo que sabe parece tener
mil años, ¡ojalá trajera alguno de sus libros! Dice que durante la revolución
ocurren cambios políticos bruscos que se aprietan para caber en momentos muy
cortos, instantes que confundimos con revoluciones, pero qué tan radical o
subversiva ésta es, depende de la frecuencia y rumbo de esos cambios. Me
gustaría poder explicarlo mejor, qué tal si nos tomamos un café, yo…» Me mojé
más de lo que ya iba, «vengo con mis amigas y vamos a una conferencia de prensa
para lo del parque de San Isidro, y tú…» «Dame tu número de celular…sí…ajá…sí,
sí..¿Isabel? I…sa…b…el. Te marco…no contestes…ya tienes el mío, soy Sergio, me
hablas o te hablo.» ¡Qué semanas
aquellas! Fantasías posibles que todas nos merecemos. Desde la primera vez estando ya en la cama,
al estilo de El Lector le pido que si
quiere continuar me lea ¡antes! algo, Sergio El Aprendiz del Brujo acepta de inmediato, jala su mochila saca dos
condones y un ejemplar del Hombre de
Hierro, lo barajea y con todo y erección lee «Las verdaderas revoluciones
son morosas porque su cometido no es alumbrar un cuerpo social ya formado sino
modificar de raíz el mundo material en entredicho.» Esa tarde tuvo que recurrir
a su mochila una vez más.
A
lo mejor hubiera sido bueno para mí, y para los solitarios, o grupitos de dos o
tres de quienes se pasaban horas en el campamento, que hubiera participado más
veces y más tiempo, la cosa es que no lo hice, sólo en cosas como la lunada en
el parque, que ya en la madrugada cuando se me acabó el paquete de cigarrillos,
cuando la mayoría de las casas de campaña acogían a padres e hijos, empecé a
animarme a intervenir en las discusiones libres y casi de cotorreo,
En
una ocasión durante las intensas lluvias me atreví a asomarme al campamento
para ayudar al que estuviera solo pues vi desde lejos que el viento estaba
desatado y la lona vieja y raída que pretendía proteger a la tienda de campaña
no lograba su cometido y estaba a punto de volar por los aires, cosa esperable
no había nadie «los dos últimos se acaban de ir al restaurante de enfrente » me
dice otra mujer que igual que yo iba a ayudar, la lluvia se tornó en tormenta
chilanga y que nos metemos a la casita de campaña, la cual resultó acogedora e
impermeable al agua y al viento…al rato de platicar de todo…solté mi rollo, y
al final lo que dije pareció interesar por lo que aclaré que eran ideas de uno
de los marxistas mexicanos más brillantes y comprometidos con el aquí y ahora
de los pueblos.
El
Grito de Independencia en el parque cambió mi enfoque. Me sentí muy orgullosa porque, no yo, pero
mis vecinos y amigos estaban en resistencia defendiendo una pequeña gran
propiedad de la Nación, y aunque el señor que dio el grito no se lo sabía
intentó que ese grito se acercara al auténtico, ¡Muera el mal gobierno! ¡Muera!
Y leyó anécdotas de Hidalgo, que me hubieran gustado más que contara las
traiciones que sabotearon el levantamiento.
Muchos van a reconocer al pendejo de mi ex en el espejo de los traidores
y chaqueteros de doscientos años atrás
que frustraron el alzamiento por la independencia del primero de octubre
de 1810, lo podemos apodar Galván, empleado de correos que quiso pero no pudo
infiltrarse, sólo rumoreó; Luis Gutiérrez, mozo de hacienda, denunció a
Allende; José Alonso, sargento del regimiento de Celaya, hizo llegar al virrey
la noticia de que Allende convocaba a militares y vecinos de San Miguel y San
Felipe para un alzamiento; Ochoa, que a la lista de conspiradores añadió el del
capitán Joaquín Arias de Celaya, quien al saberlo, chaqueteó confesando los
pormenores de la conspiración, y más tarde aparece en las tropas insurgentes
como espía; el soldado Garrido denunció a Hidalgo de darle dinero y órdenes
para movilizar a los soldados; lo patético y denigrante de la actuación durante
los interrogatorios por parte de la mayoría que para ‘probar’ su inocencia se
denunciaban entre ellos, cargándole las mayores culpas a los ausentes. No me atreví a pasar una mejor lista para
gritar Vivan los héroes que nos dieron patria Hidalgo, Allende, Aldama, el
capitán N.S., el licenciado Altamirano, el presbítero J. Ma. Sánchez, el
licenciado Parra, Antonio Téllez, Francisco Araujo, Epigmenio González.
Para
mis adentros Muera el peor traidor al parque, muera Galván, alias Luis
Gutiérrez, alias José Alonso, alias Ochoa, alias Joaquín Arias, alias
Garrido. Mueran los chismosos,
intrigosos, soplones, falsos testigos, y mentirosos a salario mínimo.
A
muchos nos quedó claro que Miguel Hidalgo se levantó contra la injusticia
social, la opresión española y criolla, y que Iturbide quería independizarse
del control del Rey, para seguir con los privilegios de siempre. Cuando nos cansamos de bailar y de comer la
tinga, el chicharrón en salsa verde, el arroz a la mexicana, las tostadas de
pata que varias brigadistas habían preparado para la colectividad, me acerqué a
un grupito leía «…hay que insubordinarse, hay que inconformarse todos los
malditos días sólo para seguir siendo libres, simplemente para seguir siendo
humanos.»
Así
me la pasé escondida y dándole seguimiento al movimiento con los escritos que
escribían y que colocaban para que la mayoría de los colonos se informaran, o
las noticias de los periódicos, en fin aquí y allá. Llegó octubre y el
chismorreo y la desinformación se concentró en que se acercaban las elecciones
en todo el Defe de los comités vecinales que ahora se llamarían ciudadanos,
pensé sin comentarle a nadie que estaba notando un cambio muy por lo bajito
entre la gente, entre mis propias amigas, desee que ojalá no afectara la
chingona unidad entre los defensores directos del parque. Cuando leí la poca información oficial
disponible mi sexto y séptimo sentidos algo entresaqué, la participación ciudadana,
comités, responsables de manzana, consejeros, y arriba de todos la Asamblea
Ciudadana de la colonia o pueblo eran bienvenidos, pero la ley que se venía
construyendo sobre las rodillas obligaba a comportarse a imagen y semejanza, de
la democracia representativa que padecemos.
Recordé a los ‘amargados sociales que mi madre frecuentó y frecuenta, en
especial el que escribió Tomándose la
libertad, el viento que viene del sur me malaconsejaba «…Porque el día que
admitas que las burocracias del sistema decidan por ti, te jodiste. El día en que te despreocupes de lo que hace
en tu nombre el candidato al que elegiste porque para eso es tu representante,
te jodiste. El día en que pienses que
esa institución es la neta de las netas porque ayudaste a crearla, te
jodiste. El día en que creas que este
matrimonio es para siempre porque el amor es eterno, te jodiste.»
Tan sólo ponerle atención a algunas
consignas o balazos periodísticos podía una darse cuenta de cómo estaba la
bronca.
“Defensa legítima contra contubernio
jurídico.” Así gritan los del Parque
DeFendido.
Intereses colectivos legítimos son
prioritarios al interés particular.
Leyes del siglo XXI.
Frente al Chueco estado de derecho, se
impone la defensa cívica de los bienes de la Nación.
Se observa fuerte reconcentración de
la riqueza mientras se pierde un parque,
se desvía el agua potable, se
empeoran vías de comunicación, se lucra con los usos del suelo.
Abuso escandaloso del suelo del parque
público al jugar con él en la Asamblea Legislativa.
El valor del uso de suelo jurídico
cambia en cinco metros de X a 5X.
Brotará en 3D un Edificio idiota de
10, 15, 20 metros conforme se vayan destruyendo los campos deportivos y más de
mil árboles del parque público.
Por estar tanto tiempo encerrada, y
sintiéndome la ‘Yo-tan-bonita-y-acarreando-el-agua, empecé a darle mucha
importancia a lo que hacían y tornaban los que encabezaban el movimiento cuando
lo que importa en las guerras entre el Estado autoritario y los habitantes del
país es cuántos de éstos realmente participan y cuánto tiempo pueden y quieren
luchar, y el costo político y social de la represión estatal. Sin la presencia de la mayoría, sin las
cadenas de transmisión o brigadas, los coordinadores del movimiento, son sólo
un grupo de compañeros con interés común, fácilmente reprimibles, fácilmente
expuestos a ser ignorados, a quienes la multiplicidad de acciones los agotará
tarde que temprano y expuestos con toda seguridad a las mezquindades, envidias
e intrigas intestinas que son, no el enemigo principal, enemigos muy
secundarios, pero infames.
Yo creo que lo
mismo le pasa a muchas vecinas, en especial a aquellas que decidieron mandarme
el anónimo vecinal denunciando al pendejete, como el sembrador de cizaña, entre
amigos, compañeros, vecinos, entre enemigos, entre todo el que fuera vulnerable
a las medias verdades, a la fantasía que sustituye al esfuerzo de razonar por
una misma. Me chocan los anónimos,
aunque éste fue un anónimo de grupo y de género «Nos consta a nosotras que no
te damos la cara ni nombre alguno, nos consta…» No quiero imaginar qué les
habrá hecho a ellas. Todo esto pasaba simultáneamente con las luchas de los
electricistas, de los mineros, de los maestros.
La guerra contra el narco perdida de antemano, que remontó en decenas y
decenas de miles de muertes.
¿El odio? No, el
odio es un sentimiento subjetivo. Más allá
de las mitocondrias. Se aloja en el
corazón pero nunca será uno de sus rostros.
Somos la única especie que atenta contra sí misma odiándose. En las primeras páginas de la biografía de
Emile Verhaeren hecha por Stefan Zweig encontré «Todos los sentimientos, con
excepción del odio, estaban oficialmente prohibidos y proscritos.» hablando de
la primera guerra mundial ¡Carajo! ¿El odio? El odio es simplón… casi siempre,
no llega ni a unidimensional calificativo con el que según mi madre insultaba
Marcuse, o evocando calenturientamente al checo, Cosicas, que ya pedo brindaba mientras aconsejaba no preocuparse
por odiar puesto que, ambos, la preocupación y el odio pertenecen a la seudo
concreción.
Odio al pusilánime
y blandengue de mi ex que sin más abandonó su casa, lo odio no por incumplir
con la letra de nuestro contrato civil, en la que me cago gustosa, sino por
quebrantar nuestra versión de la tercera ley, pacto que, idealizaba yo, superaría
al de Beauvoir – Sartre. Hablando de
éste último, mi madrecita tiene muy pegada la frase «…La angustia es el temor
de no encontrarme en esa cita, de ni siquiera querer acudir a ella.» Y la
remata canturreando Angustia de no escuchar tu voz. Lo odio porque después de meses sigo
apanicada conmigo misma, sigo en cuarentena a mitad de la cuaresma y a los
cuarenta y cuatro cumplidos. Pero de que
la riega una, la riega. ¿Pero, qué hacer
con “relaciones” que se adivinan pasajeras, de las relaciones que se pescan al
vuelo? ¡Pescar al vuelo!
Nos pescamos
durante el vuelo. Él habrá dicho que
pescó una mariposa soñadora durmiendo en el bañito, yo que a un guapísimo y
volátil aeromozo. La imagen es tan real
que ya estando en tierra lo único que dejó tras de sí fue una pequeña maleta
llena de antifaces para dormir, tapones para los oídos, y sobrecitos con
servilleta húmeda al huir del baño sin mingitorios. Con esto cancelaba el tercer encuentro en
dobleuces públicos de los tres que sostuvimos.
Uno a mitad del viaje, otro en el más cercano a la banda transportadora
de equipajes, y finalmente el inconcluso pegadito a la taquilla de taxis. La saga duró menos de cuatro horas. «Deberías ser más escrupulosa en tus
relaciones» dijo mi madre mientras estructuraba algo más sutil para
aconsejarme. ¡Escrupulosa lo serás tú!
Pensé contestarle cuando a mis catorce años la horrenda y desconocida palabra
me llenó de oprobio. De veinteañera
solía provocar a mi madre para que me la susurrara, la palabreja me sonaba
retorcida, pervertida, voluptuosa. Desde
entonces me gusta la meticulosidad, hacerlos quisquillosos si no lo son, que se
vengan, y se vayan, sin escrúpulos por esdrújula. La verdad es que me aterran y repugnan los
carentes de escrúpulos, hombres y mujeres por igual. Puedo jactarme de ser escrupulosa con la
mayoría de mis relaciones íntimas. Si
estamos hablando de las que mantengo con mis vecinos, soy más que
escrupulosa. Intento que mis modales
sean casi intachables para que la defensa vecinal clandestina esté en su
punto. El casi me lo reservo para situaciones en las que mi estado anímico me
haga muy vulnerable, peligrosamente vulnerable.
El
desaparecido que se aparece como en su casa por mi apartamentito de
azotea. Ningún vecino lo vio. La pinche Hermila lo fue a saludar, mientras yo
me tragaba vivo al aeromozo cuasi virgen no le hice caso al sonidito de las
uñas al trotar hacia la puerta, pero vaya que le puse atención al eco que se
reprodujo varias veces en la zona cerebral que protege al placentero y buen
coger. Mis orgasmos potenciales se
cancelaron de golpe, cuando entró a la recámara apuntándole directamente a la
cara del muchacho quien no salía de su sorpresa de la amabilidad con la que el
metiche del Pendejo le pedía se
vistiera, me dejara cien pesos sobre la cama, saliera del lugar sin voltear
para atrás a riesgo de volverse estatua de sal.
Esperó no más de cinco minutos, y me puso el cañón de la pistola casi
dentro haciendo señas de que me quedara callada, no sé de dónde encontró mi
tanguita y la usó de mordaza principal y después otro trapo, y comenzó a
golpearme firme, despacio, con fuerza, iba escogiendo con cuidado en qué
parte del cuerpo asestar el
madrazo. Fueron horas todo programado,
me daba líquidos agua, jugo, leche con agua.
Y de repente cuando desperté de una siesta forzada, ya no estaba
amordazada, ni atada, libre de su presencia.
La casa casi no mostraba que había pasado por ella. En la puerta del refri la dirección donde
estaba Hermy vacacionando. Dejé pasar
tiempo antes de atreverme a salir cuando pudiera encontrarme a alguien. Creí que las cosas se normalizarían pero
estaba aterrada, y trastornada en serio, cosa que comprobé cuando me llegó otro
anónimo, éste asexuado y en primera persona del singular indicándome cómo localizar al torturador. La puerta estaba emparejada, yo no lo
encontré cogiendo, sino bien dormido, yo iba desarmada aunque acompañada por el
servicial aeromozo que se meaba de miedo.
Me puse sus guantes de trabajo rudo y tomé la aparatosa pinza Stilson
caminé al reposet y sin prisas como él me enseñó le partí el cráneo con el
primer golpe de por lo menos cuatro, y deseando siguiera vivo le vacié el
contenido ardiente de la cafetera. De
las cercanías del aeropuerto de Toluca al apartamento de Genaro a esas horas de
la madrugada se me fue volando pues más que una carga, me sentía ligera,
liviana. Según me enteró GG estaría dos
o tres días visitando a su amigo judío en un apartamentote de Polanco. Al ver de frente el cuerpo de Genaro perdí la
noción de todo, le ordené no prestar atención al dueño de la casa, meter el
cuerpo a la tina del lado pegado al grifo, justo debajo de la regadera, para
empezar a limpiarlo mientras que la tina se fuera llenando de agua. El aeromozo me hacía un examen exhaustivo de What if? Que me obligó a sugerir dejar
las cosas como estaban por unas horas y después vendríamos a terminar lo que
hubiese que ser terminado. Estaba
exhausta y lo estaría aún más pues no me libraba de ver cómo GG cambió de
planes, regresó a su casa con su amigo, a quien le pide lo ayude a entrar a la
tina, y muere. Me llevó a Sani jurando
desaparecer de mi vida. No quería entrar
a mi pisito, lo convencí de subir para despedirnos como debe ser al decirle que
era libre de irse cuando quisiera, que ya vería cómo resolver lo que era asunto
sólo mío, que cobijara mi sueño y se fuera.
Me lo cogí hasta perder el conocimiento como una borracha perdida
queriendo olvidar sus crímenes de toda una vida.
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