martes, 24 de enero de 2012

Capítulos XX al XXI




XX
Jamás imaginé que el taxi del Cónsul también fuera una biblioteca pa’l camino y menos que me iba a aceptar el cambalache de mis dos libros por dos de los de él. Pedo pedo pero bien que me quería ensartar los dos tomos de Periodismo de Vicente Riva Palacio, que yo misma escogí con entusiasmo, su tranza no sé cómo calificarla pues me quitó los tomos de las manos y me mostraba otras joyitas para volver a ponerme en las manos otro par, que yo creía era el mismo, de Periodismo que cuando a punto de cerrar el trato al azahar abrí la segunda parte y ¡Zas! se me aparecen varias páginas en blanco, - 34 y 35; 38 y 39; 42 y 43; 46 y 47 que le partían la madre a cuatro artículos periodísticos de Don Vicente- para hacerse el pendejo se aleja a orinar y desde ahí me grita que como los DéVéDés si me sale defectuoso me lo cambia, sin contestarle revuelvo los paquetes veo el parcito que yo había escogido primero y compruebo que estos están ausentes de faltas, los tomo y junto con ellos me apaño como desagravio La Escritura o La Vida de Jorge Semprun, y una rareza J’irai cracher sur vos tombes la primera edición se presentó como la traducción del Inglés por Boris Vian, escritor francés quién más que echar mano de un seudónimo inventó a Vernon Sullivan negro norteamericano. Sin cerrar la cajuela me subo al carro bajo los seguros, y los subí después de que mis humos y los de tres cigarrillos se disiparon en calurosos cielos guerrerenses, mientras fui recordando detalles como la película de 1959 obviamente en blanco y negro en México le respetaron el título Escupiré sobre sus tumbas.  Mi enojo lo extendí lo suficiente para poder leer los primeros capítulos sin que el sentimiento de culpa abandonara al Cónsul, quien sólo me habló para aclararme que estaba siguiendo la ruta más rápida para salir de Chilpancingo rumbo a Tixtla.  Sigo sin comprender por qué escogieron a Chilpancingo como la capital del Estado de Guerrero, no me refiero a que desconozca las circunstancias que obligaron a hacerlo, digo ¿qué no se fijaron en lo pinche fea que es la ciudad?  No quise preguntarle al Cónsul por temor a su respuesta yendo como iba de pedo.  No sé dónde habrá nacido Vicente Guerrero, ya les preguntaré a las personas que nos reciban,  pero digo ¿por qué no escoger su pueblo natal como Capital? La otra posibilidad es el desprecio y envidia que le debe haber tenido Iturbide al siete vidas de Vicente que tuvo tres defectos, nació prieto, aprendió y perfeccionó el oficio de arriero, y por placer y convicción vivió y murió por insurrecto sureño.  Por lo que aprecio de este viaje, y más por lo lento del taxi, puedo hacerme fácil idea de por qué a finales del siglo XVIII, y principios del XIX el oficio de arriero y dueño de los burros y mulas convirtieron a la familia Guerrero en gente respetada, y de no pocos recursos.  El Cónsul, que ya para entonces se había resignado al apodo, trataba de convencerme de quedarnos en Tixtla, en casa de su cuñada Concepción Rodríguez, donde podíamos descansar para quitarnos la peda, que le arreglaran el radiador y el clutch al Datsun, y chance y yo conseguía averiguar algo sobre el viejito, de cuando no lo era.   Ni siquiera me convenció el paisaje del vallecito tixtleco, porque no lo vi, porque no lo esperaba a mi derecha justo a la mitad de la curva sin peralte, porque justo en el momento cerré los ojos.  Los cerré para negarme a detenernos, y los cerré para inhalar mi colilla.  Su protesta fue apachurrar el pedal del acelerador porque ya lo llevaba hasta el fondo.  De golpe me invadieron dos necesidades que lo cambiaron todo.  Me urgían mis cigarros, y unas toallas higiénicas.  Jalé el volante hacia mí, y los reflejos del Cónsul apenitas le alcanzaron para retomar el control varios metros dentro del pueblo.  Nos recibió el atardecer tixtleco que aún iluminaba una amplia calle garapiñada de baches, diseño innovador para regular la velocidad vehicular antes de desembocar a la calle Real.  Nunca me ha quedado claro, si esta denominación alude a su pasado colonial, o a que dicha calle es más calle que las demás, y, aunque es la principal, no se les da la gana llamarla avenida, paseo, o bulevar.  En este caso me llamó nuevamente la atención la gran libertad que goza el urbanista del pueblo para intercalar de manera ecléctica construcciones de tabicón, adocreto, o como se llame, incrustadas entre las bellas casas tradicionales con paredes de adobe de metro y medio de ancho, el blanco encalado de éstas contrastando con amarillos, anaranjados, chiclamino, colores chillones todos ellos.
Íbamos a velocidad de desfile patriotero cuando una viejita, saliendo de la nada, se arroja contra el coche gritando ¡Tlaxcalteca!  El Cónsul detiene a media calle el taxi, enchilado contesta al insulto en chileno vulgar ¡Concha!  Se apea sin cerrar la puerta, y abraza a la mujer al tiempo que ambos se gritan al oído ¡Cuñada! ¡Cuñado! Rompen el abrazo para, felices, mirarse a los ojos.  No acababa yo de reconstruir la escena cuando a una seña imperceptible de la cuñada del Cónsul, dos chavos vivarachos se acercan al coche.  Uno de ellos, con modales impecables, me abre la puerta, me ayuda a bajar, mientras lo hacía apareció a mi lado el otro par de ojos enormes cargando mi mochila.  Entre los dos me escoltan hacia un borde de cemento casi de mi altura, que hace las veces de banqueta de la cual aparecen tres escaloncitos cómodos para subir.  
A punto de aceptar ser empujada al interior de una casa atino a girar la cabeza para ver que la cuñada Conchita y el Cónsul de ¿Tlaxcala? me seguían a unos pasos, y a diferencia mía, despreocupados de que el cochecito modelo Cuauhnahuac se alejaba hacia el fondo de la callecita.  Me sentí segura de que todo parecía estar bajo control.  A mi seguridad se le fue agregando un sentimiento placentero, cada vez más sensual, conforme cruzamos una habitación llena de retratos de familia hacia un corredor con macetas gordas flanqueaban el lado del jardín interno.  Lo sensual del ambiente me acabó por invadir al encontrarme ya sentada en un riquísimo equipal ablandado por los años, y mil aromas arrastrados por la brisa húmeda me ponían a prueba.  Apenas y me faltaba algo. 
- Ve ca’Rosita.  Le dices que vas de mi parte, fíjate bien, le dices que está de visita mi cuñado, que por favor nos mande dos platos de pozole. ¡Ándale muchacha! ¿Qué esperas? llévate la olla grande, y dile que va con todo, con todo. 
Yo sí tenía hambre, claro que la tenía, pero mis urgencias eran otras.
 -Perdón, doña Conchita, me gustaría mucho poder ir a la farmacia.
-¿A la farmacia? ¿Qué no te dijo, pues, mi cuñado que aquí mero es farmacia? Acompáñame, ¿qué se te ofrece?
- Bueno, la mera verdad, necesito un paquete de cigarrillos con urgencia, y si fuesen acompañados de toallitas sanitarias, mejor. 
Me encantó la entonación del modo de hablar de doña Concha, entre lentón y cadencioso.  Ya conocía el acento de los costeños de Acapulco, y el de los de Taxco, por lo que me dio gusto pensar que con el de Tixtla eran tres los acentos de Guerrero que podía reconocer.  Al minuto de haber salido del baño tixtlero chupaba ya mi primer cigarrillo entre las hojas que no lograban esconder las inmensas y perfumadas lima Reina pensando sobre el montón de documentos, revistas y volantes de varias asociaciones campesinas del Estado de Guerrero, por la manera que estaban acomodadas no me quedaba claro a cuál de ellas pertenecían los habitantes de la casa; hablando de posters la cosa fue distinta: había uno con el retrato de Rubén Jaramillo y otro de Emiliano Zapata, y otra cosa que llamó mi atención fue que a disposición del que estuviera sentado en el trono habían cinco legajos de papel impreso, cada uno sujeto a un cordón que se elevaba bien alto en la pared, y a la misma altura a un ladito de la hilera de clavos se apreciaba la portada muy verde de un libro pegada con tachuelas.  Apenas alcancé a leer Crónicas del Sur que supongo era el título, parpadee para cambiar de enfoque y jalé hacía mí los legajos, estaban llenos de anotaciones manuscritas, subrayados y círculos con distintos estilos, algunos capítulos tenían más lectores que otros. En eso estaba fumando y cavilando entre limareinas cuando nos llegó la mala noticia de que el pozole se había acabado.
- Pues entonces, niña, muévete para el mercado y compras un cuarto de chito, le dices a la señora que la manda saludar Conchita, pero se lo dices antes de que empiece a recortar pedazos de carne debajo de la servilleta mugrosa con que la cubre, ya ves cómo es de pichicatera.
Antes de que se acercara a mí, ya estaba llamando a San Isidro para enterarme de cómo le estaba yendo a mi Hermilita, y claro, a su cuidador.  Me levantó el animo saber que estaba contenta de su paseo por los alrededores no se había suspendido por mi ausencia.  Otro mensaje reiteraba que las Atrabancadas seguían “declarando”, ¡Qué pinche sentimiento de culpabilidad! ¡Soy una puta cobarde!    
Me hicieron una seña para que me incorporara a la pequeña tertulia compuesta de vecinos que se fue formando con la noticia de mi  presencia. Nuestros anfitriones, doña Conchita y el Cónsul recién llegado, sin despedirse salieron por una puerta, con todo desparpajo, cada uno empujando una nalga del otro.  Lo que saqué en claro fue que en Tixtla, había nacido Vicente Guerrero, y que los vecinos de cada barrio contaban la historia con diferente tonadita.  Me chupé, las diversas leyendas sobre los grandes caciques guerrerenses, la bronca entre Nicolás Bravo y Juan Álvarez, y cómo años después Diego Álvarez era enfrentado por Vicente Jiménez del mero Tixtla, pero del Padre GG nada, tampoco nada del gobernador actual que desde antes de hacerse cargo del cargo no ha faltado a su mala fama, y así supongo que me dormí profundamente.
Doña Juana me preparó un desayuno espléndido, huevos medio revueltos con salsa de tres chiles, frijoles negros y epazote, tortillas del comal, y el papaloquelite que yo quisiera.  En cuanto pude me salí al patio a fumar el segundo del día, y una empleada de la casa, casi una niña, se me acercó para ofrecerme, quién sabe cómo me vería, que si no se me antojaba para bañarme el agua del tinaco de plástico negro, ahí estaba la que se había serenado toda la noche en la pileta de barro y que el sol ya mero la dejaba lista, se me acercó aún más para decirme algo más pero nos interrumpió un grito de que la entrevista estaba lista.  A diferencia de la tarde anterior doña Juana había hecho traer a una viejecita de pelo blanco largísimo, la que perdía con frecuencia el hilo, a la que le pude entresacar que a GG lo apodaron padre jilguerito porque sembró hartos hijos de muchas mamás, de que todo esto pasó en Chilapa.  Eso sí, siempre les ayudaba según se fuera necesitando.  Metía en la escuela a los escuincles, pagaba médicos, todo pues…  De momento quiso irse a su casa. No queriendo perder ninguna de las oportunidades que se me presentaban, pedí que le explicaran a la vieja que para mí era muy importante preguntarle algo más pero que la alcanzaría en una hora en su casa en el barrio Cantarranas.  Durante la mayor parte de mi delicioso baño a jicarazos mi asistente permaneció callada pero muy servicial, estimando la temperatura de la mezcla de agua serenada con la muy fría del pozo, garantizando que el estropajo estuviera lleno de espuma de jabón neutro, y mostrando su fuerza al tallarme la zona de la espalda de difícil acceso para mí.  Ya iba a empezar el segundo enjuague cuando susurró que los muchachos de la montaña me pedían que no fuera a ocurrírseme visitar a la gente de Tlapa, y ¡zas! un cubetazo de agua helada me arrancó un suspiro enorme, que ellos me aseguraban que la información que pudiese obtener no iba a servirme de nada, que a cambio de no visitarlos le pasaban lo que los señores grandes le habían asignado como tarea el hacerse pasar por sacerdote católico para gran beneficio de la gente de la Montaña, y del municipio de Taxco; y de nuevo mi exclamación le constató a la niña que sí había entendido, y remató aclarando que a las organizaciones si les podría afectar mucho mi visita. El tercer chorro lo soporté bien y el nuevo mutismo de la hermosa criatura vino acompañada de toallas calientitas. 
El recorrido entre callecitas rumbo al barrio Cantarranas me entristeció pues era claro el avance del corriente desarrollo urbano a costa del estilo tradicional con adobe y tejas hermosas, modernización pinche impuesta con la intención de uniformar las casas del siglo XXI para que no se sintiera una fuera de onda sino que todo pareciera colonia chilanga, ya sea en San Luis Potosí, Guerrero, o Veracruz, y que todos le compraran a las mismas empresas.  Y esto pasaba con todo, con las tortillas, con los tenis, con los celulares, el mercantilismo destrampado tragándose a sí mismo.  La pesadilla se desvaneció al volver a ver la arrugadísima y hermosa cara de doña N enmarcada por su larga y blanquísima cabellera.  
  Ahí me invitaron con doña N (no capté tampoco su nombre, y no la quiero llamar doña M, por respeto a Rius), y su prima.
Esta resultó una mujer relativamente parecida físicamente a Doña N, pero mucho más consciente de sí misma y sus alrededores, me dice, una vez sentadas en la sombra pero muy cerca de una fuentecita cantarina, casi sin preámbulos:
- Déjeme decirle señora…que otros como usted que están interesados verdaderamente en nosotros han podido llegar a entender que “…los campesinos están sumidos en el régimen del mercantilismo absoluto como lo estuvieron en el orden feudal…Pero raídos, desollados y machucados [así como nos ve preservamos] en el centro la nuez que es también la semilla; a pesar de los pesares los campesinos siguen siendo campesinos.”  Sé que usted aclaró que no anda buscando a un campesino, sino a un sacerdote, pues déjeme decirle campesinos somos todos, no cada uno de nosotros, sino todos juntos trabajando día a día en lo que nos toca pero para beneficio de todos como comunidad.  El que trabaja en las melgas o las milpas como labriego es campesino como el jornalero también lo es, y el artesano, el tendero, la fondera, el de las talachas, el maestro, el cura, si así como lo oye, el cura, la que atiende el café internet, el obrero de las pequeñas agroindustrias, el chofer, el contador, el ingeniero, todos los que participan en las empresas asociativas rurales…podría seguir pero usted quiere preguntarnos algo, pues pregunte pues.   
- ¿Quién de ustedes se acuerda de algún hijo del padre Genaro, y de  cómo encontrarlo?
- Dicen que entre los estudiantes del Poli anduvo uno quesque era su hijo del padrecito Genaro...Pero vaya usté a saber ondiandi.
- Yo lo llegué a ver alguna vez, era feo pero muy guapo ahora estará ansina como yo de viejo. De lo que si no me acuerdo es de su nombre.
Y así siguió la entrevista, más bien no pasó de aquí, por lo que empecé a desconectarme, total ya podía gritar: ¡Mis Dolientes, ya tenemos rumores sobre la existencia de parientes que reclamen legalmente el cuerpo! ¡Con que fuera sólo uno de carne y hueso me conformo! Y si supiera el nombre, de que lo encuentro, lo encuentro.  Ahora tendrá entre sesenta y sesentaicinco años.  Y si la madre viviese, tendrá no más de ochenta años, porque estoy casi segura de que al Genaro le gustaban las quinceañeras.  Espero que la octoviejecita siga en Chilapa y sus alrededores, y que el jovenazo no se haya jubilado del Poli o del CINVESTAV o donde quiera que ande en el vasto universo.  La esperanza está mejor fundamentada, cierra el pequeño círculo de mi aventura – compromiso.  Para algunos de los dolientes el esfuerzo que yo hice les parecerá trivial comparado con la participación en todo el globo hacia la solidaridad extrema, o lo que es lo mismo les va a valer madres.  Que por cierto si la Toña y la Flora, o la Flora y la Toña no me estuvieran protegiendo como lo hacen, ni quien dijera que yo tengo algo que ver en el asunto.  La verdad es que pensé que el Kingston traería algo comprometedor, o que confirmaría lo que ahora sabía, o que siempre supe.  Y lo otro que sigue impidiendo que yo me aleje de todo es la calentura que le agarró por mí al Teniente Torralba.  ¡Ah, cómo deseo hacerme chiquita, chiquita! Desaparecer del cuadro, fuera de los reflectores de la historia, irme más allá de la penumbra.  
Tal vez me pasa lo mismo que le pasa al Retrasos otro de los cuates de Mamá, que por andar en cosas personales, buenas y malas, se pierde gran parte de los grandes momentos históricos, que pudiendo ser parte de su vida no lo fueron.  Y todos sus cuates criticándolo en silencio. Que no pudo estar cuando las hermosas jornadas populares en el ochentaiocho, o en el noventa y cuatro; y a su favor para equilibrar tampoco participó en el voto inútil del 2000 para apoyar la alternancia, nadie supo si no participó porque no quiso o porque no estaba.  Seré muy mensa o no sé pero me molesta este extrañamiento pasivo que le hacen a este tipo de chavos; con tantito que lo reflexione una, no puede dejar de revirar que los criticones tampoco estuvieron ni estarán en los grandes momentos; no estuvieron en los momentos cruciales del movimiento que llevó a Evo Morales a la presidencia de Bolivia; o cuando más lo necesitaba el Gobernador socialista Felipe Carrillo Puerto en Yucatán; y así me puedo seguir alocando.  Lo que importa es entender que los cambios revolucionarios donde las sociedades van volteando la colosal tortilla lenta pero contundentemente a lo largo de los años, con la participación de todos los actores: los buenos, los malos, los indiferentes, todo dios juega su insignificante papel, en los grandes cambios, y en los pequeños reacomodos que transcurren en el mundo todo.  Pero que quede claro, estos cambios puede que ocurran y pueque no, no es un proceso preprogramado por la providencia para que pase lo que pase la máquina tortilladora voltee la tortilla a su debido tiempo.  Tenemos que chingarle de a diario, esperando ir ganándole terreno, a los vendedores de máquinas perpetuas, vendedores de tortilladoras megaestandarizadas, a los vendedores de harina globaliuso, a los vendedores de garrafones llenos de agua sin colesterol, que es la que “debe” consumirse para obtener tortillas que no necesitan “que nadie las voltee”; que sus lados son iguales; son tan irresistibles que tiene dos anversos.  Esto que ando haciendo es personal, bien sé que más que búsqueda es una huida hacia el centro de un hoyo negro.  
XXI
¡Asiste, hoy jueves, a la cuarta concentración del novenario contestatario por la muerte de Genaro G.G! Sus amigos, allegados, y vecinos quienes vamos creciendo exponencialmente hemos decidido seguir velándolo en varios lugares simultáneamente, a saber: La maloliente Morgue; En la calle Río Amazonas donde periódicamente se marcha entre las calles paralelas con mítines relámpago frente a edificios federales; En Taxco, Guerrero, frente a Santa Prisca.  En el Campamento Eterno del Río Azul,  Ciudadano el velorio recalentado y pacífico continúa creciendo.  ¡Reclama junto con todos el cuerpo de Genaro! ¡Ejerce el derecho universal a la fraternidad! ¡No a la fosa común y corriente! ¡Sí a la sepultura comunal! ¡Todos somos parientes! Los Dolientes.   Y los Polen Necios, y los de La Ronde des obstinés, y los Ácaros mundialistas, y los Állaros de la hiperCuerda, y los Lectores libertarios acompañados de los Libertinos, y a regañadientes y desde lejos los Liberales Siderales.
Yo recuerdo que desde el principio de la bronca él participó por las razones equivocadas.  El baboso me dice que como nunca había ido pues ahora iba a como diera lugar, y yo que lo acompaño.  Era sábado lo que creaba condiciones para que al menos una parte de la gente asistiera.  No se llevaba con nadie de los que asistieron, y el creyó que por eso nadie lo conocía a él.  A mí no es que me conozca mucha gente pero la mera verdad es que no soy una total desconocida.
Se juntaron unas cuarenta personas después de quince minutos de estar viéndonos las caras, digo unas cuarenta como podría decir treinta o treinta y cinco, para el caso da lo mismo ni que fuera yo periódico para andar quedando bien o mal al dar datos, salvo que ya me gane lo esquizofrénica.  Algunos se fueron animando unos a otros « ¿Comenzamos? ¿Qué no irán a venir más? Yo creo que ya no, si dijimos que a las once y ya son pasadas las doce del día»  Y que se sueltan, un minuto de intervenciones simultáneas y atrabancadas dando informaciones sobre que ya se había perdido todo; que esto era imposible puesto que la Diputada Cuevas seguía insistiendo en que nadie nos quitaría lo que era nuestro; que el Delegado había sido muy claro en que él no quería engañarnos que lo último que se sabía era que todo estaba perdido. La mayoría estaba muy enojada. «¡Yo tengo fotos de cuando vino el presidente!  Yo correteaba por aquí en la barranca desde chavito; Yo ya vi lo del cambio del uso del suelo.»  Estando así las cosas, y peor en la casa con un montón de ropa para lavar, y no había sacado del congelador la carne, le digo al hombrecillo que ahí lo esperaba pa comer, y abandoné la reunión.  Descongelé sólo un paquete, preparé la sopa de zanahoria con jengibre, y desinfecté la lechuga, me puse a lavar mis calzoncitos y blusitas, termino de hacer la comida, y se me hace evidente que el susodicho no iba a llegar, y en efecto, no llegaba y no llegaba, me decido a embrutecerme  viajando por internet, pasando a mis correos me encuentro con que Amazon me avienta un buscapiés con la noticia de que me hice poseedora de una rebaja formidable por haber comprado libros hacía algunos meses, la mercadotécnia mañosa e ‘inteligente’ me ofrece Exit Ghost de Philip Roth, quien es uno de los Reyes Magos de mi madre, mismo que yo había encontrado para regalarme en mi cumpleaños en los Tianguis de Libros, claro, traducido.  Me cambio de canal y de humor, recordando que la venganza es un platillo que se paladea en frío, casi cachonda saco del anaquel Sale el Espectro del tal Roth, y me di un pasón de aquellos con la mente retorcida del antihéroe Zuckerman. Y el otro que no llegó y ya era bien noche.  Y que me salgo fantasma, y me fui a refugiar a la Cuahutemoc como el Zuckerman retornó a Nueva York.
En unas de las poquísimas veces que acompañé a mis amigas al campamento durante las horas de la noche que vendría el cambio de guardia voluntaria, me atreví a intervenir en las discusiones amistosas donde unos y otras nos explicábamos cómo los ricos eran más ricos, no por premio divino, sino que los países pobres se empobrecían aún más jugando el jueguito toma y daca inventado por aquellos.  Siempre se llegaba al cómo le hacemos para evitarlo.  «Hay que hacer la revolución» «Levantarse contra el gobierno, ganarle, y poner otro en su lugar, eso no cambia las cosas de fondo, sabemos que ya lo han hecho otros, aquí y en otros países, hacer la revolución es revolverlo todo desde abajo, y eso no se hace en siete días.»  Aquella vez que en el auditorio nos subimos al camión que nos llevaría a un montón de vecinos al Club de Periodistas se subió un hombre feo pero hermoso, yo para llamar su atención que subo la voz aclarando que por todas partes la gente estaba hasta la madre de todo, así el otro fue poniendo atención a nuestros comentarios, y de repente que se suelta: «Yo pensaba que la revolución había que prepararla, organizarla, dejarla madurar y ya que estuviera lista…que estallara…» No sé si se dio cuenta, pero me lo comía con los ojos cuando lo interrumpí « ¿pensaba? ¿Qué ya no piensa que así debe ser? Lo que tú dices, ¿Te puedo tutear? » avanzo hacia él. «Lo que nos dijiste tiene mucho sentido, si queremos que algo nazca bien hay que…» Sus ojos negros se encienden «…la revolución es cualquier cosa menos un parto, no es frase mía, pero como si lo fuera, es de uno que anda dando conferencias en muchas partes de la ciudad, es un viejo como de setenta, pero por lo que sabe parece tener mil años, ¡ojalá trajera alguno de sus libros! Dice que durante la revolución ocurren cambios políticos bruscos que se aprietan para caber en momentos muy cortos, instantes que confundimos con revoluciones, pero qué tan radical o subversiva ésta es, depende de la frecuencia y rumbo de esos cambios. Me gustaría poder explicarlo mejor, qué tal si nos tomamos un café, yo…» Me mojé más de lo que ya iba, «vengo con mis amigas y vamos a una conferencia de prensa para lo del parque de San Isidro, y tú…» «Dame tu número de celular…sí…ajá…sí, sí..¿Isabel? I…sa…b…el. Te marco…no contestes…ya tienes el mío, soy Sergio, me hablas o te hablo.»  ¡Qué semanas aquellas! Fantasías posibles que todas nos merecemos.  Desde la primera vez estando ya en la cama, al estilo de El Lector le pido que si quiere continuar me lea ¡antes! algo, Sergio El Aprendiz del Brujo acepta de inmediato, jala su mochila saca dos condones y un ejemplar del Hombre de Hierro, lo barajea y con todo y erección lee «Las verdaderas revoluciones son morosas porque su cometido no es alumbrar un cuerpo social ya formado sino modificar de raíz el mundo material en entredicho.» Esa tarde tuvo que recurrir a su mochila una vez más. 
A lo mejor hubiera sido bueno para mí, y para los solitarios, o grupitos de dos o tres de quienes se pasaban horas en el campamento, que hubiera participado más veces y más tiempo, la cosa es que no lo hice, sólo en cosas como la lunada en el parque, que ya en la madrugada cuando se me acabó el paquete de cigarrillos, cuando la mayoría de las casas de campaña acogían a padres e hijos, empecé a animarme a intervenir en las discusiones libres y casi de cotorreo,  
En una ocasión durante las intensas lluvias me atreví a asomarme al campamento para ayudar al que estuviera solo pues vi desde lejos que el viento estaba desatado y la lona vieja y raída que pretendía proteger a la tienda de campaña no lograba su cometido y estaba a punto de volar por los aires, cosa esperable no había nadie «los dos últimos se acaban de ir al restaurante de enfrente » me dice otra mujer que igual que yo iba a ayudar, la lluvia se tornó en tormenta chilanga y que nos metemos a la casita de campaña, la cual resultó acogedora e impermeable al agua y al viento…al rato de platicar de todo…solté mi rollo, y al final lo que dije pareció interesar por lo que aclaré que eran ideas de uno de los marxistas mexicanos más brillantes y comprometidos con el aquí y ahora de los pueblos. 
El Grito de Independencia en el parque cambió mi enfoque.  Me sentí muy orgullosa porque, no yo, pero mis vecinos y amigos estaban en resistencia defendiendo una pequeña gran propiedad de la Nación, y aunque el señor que dio el grito no se lo sabía intentó que ese grito se acercara al auténtico, ¡Muera el mal gobierno! ¡Muera! Y leyó anécdotas de Hidalgo, que me hubieran gustado más que contara las traiciones que sabotearon el levantamiento.  Muchos van a reconocer al pendejo de mi ex en el espejo de los traidores y chaqueteros de doscientos años atrás  que frustraron el alzamiento por la independencia del primero de octubre de 1810, lo podemos apodar Galván, empleado de correos que quiso pero no pudo infiltrarse, sólo rumoreó; Luis Gutiérrez, mozo de hacienda, denunció a Allende; José Alonso, sargento del regimiento de Celaya, hizo llegar al virrey la noticia de que Allende convocaba a militares y vecinos de San Miguel y San Felipe para un alzamiento; Ochoa, que a la lista de conspiradores añadió el del capitán Joaquín Arias de Celaya, quien al saberlo, chaqueteó confesando los pormenores de la conspiración, y más tarde aparece en las tropas insurgentes como espía; el soldado Garrido denunció a Hidalgo de darle dinero y órdenes para movilizar a los soldados; lo patético y denigrante de la actuación durante los interrogatorios por parte de la mayoría que para ‘probar’ su inocencia se denunciaban entre ellos, cargándole las mayores culpas a los ausentes.  No me atreví a pasar una mejor lista para gritar Vivan los héroes que nos dieron patria Hidalgo, Allende, Aldama, el capitán N.S., el licenciado Altamirano, el presbítero J. Ma. Sánchez, el licenciado Parra, Antonio Téllez, Francisco Araujo, Epigmenio González.
Para mis adentros Muera el peor traidor al parque, muera Galván, alias Luis Gutiérrez, alias José Alonso, alias Ochoa, alias Joaquín Arias, alias Garrido.  Mueran los chismosos, intrigosos, soplones, falsos testigos, y mentirosos a salario mínimo.
A muchos nos quedó claro que Miguel Hidalgo se levantó contra la injusticia social, la opresión española y criolla, y que Iturbide quería independizarse del control del Rey, para seguir con los privilegios de siempre.  Cuando nos cansamos de bailar y de comer la tinga, el chicharrón en salsa verde, el arroz a la mexicana, las tostadas de pata que varias brigadistas habían preparado para la colectividad, me acerqué a un grupito leía «…hay que insubordinarse, hay que inconformarse todos los malditos días sólo para seguir siendo libres, simplemente para seguir siendo humanos.»
Así me la pasé escondida y dándole seguimiento al movimiento con los escritos que escribían y que colocaban para que la mayoría de los colonos se informaran, o las noticias de los periódicos, en fin aquí y allá. Llegó octubre y el chismorreo y la desinformación se concentró en que se acercaban las elecciones en todo el Defe de los comités vecinales que ahora se llamarían ciudadanos, pensé sin comentarle a nadie que estaba notando un cambio muy por lo bajito entre la gente, entre mis propias amigas, desee que ojalá no afectara la chingona unidad entre los defensores directos del parque.  Cuando leí la poca información oficial disponible mi sexto y séptimo sentidos algo entresaqué, la participación ciudadana, comités, responsables de manzana, consejeros, y arriba de todos la Asamblea Ciudadana de la colonia o pueblo eran bienvenidos, pero la ley que se venía construyendo sobre las rodillas obligaba a comportarse a imagen y semejanza, de la democracia representativa que padecemos.  Recordé a los ‘amargados sociales que mi madre frecuentó y frecuenta, en especial el que escribió Tomándose la libertad, el viento que viene del sur me malaconsejaba «…Porque el día que admitas que las burocracias del sistema decidan por ti, te jodiste.  El día en que te despreocupes de lo que hace en tu nombre el candidato al que elegiste porque para eso es tu representante, te jodiste.  El día en que pienses que esa institución es la neta de las netas porque ayudaste a crearla, te jodiste.  El día en que creas que este matrimonio es para siempre porque el amor es eterno, te jodiste.»  
Tan sólo ponerle atención a algunas consignas o balazos periodísticos podía una darse cuenta de cómo estaba la bronca.
“Defensa legítima contra contubernio jurídico.”   Así gritan los del Parque DeFendido.
Intereses colectivos legítimos son prioritarios al interés particular.  Leyes del siglo XXI.
Frente al Chueco estado de derecho, se impone la defensa cívica de los bienes de la Nación.
Se observa fuerte reconcentración de la riqueza mientras se pierde un parque,  se desvía el agua potable,  se empeoran vías de comunicación, se lucra con los usos del suelo.
Abuso escandaloso del suelo del parque público al jugar con él en la Asamblea Legislativa. 
El valor del uso de suelo jurídico cambia en cinco metros de X a 5X.
Brotará en 3D un Edificio idiota de 10, 15, 20 metros conforme se vayan destruyendo los campos deportivos y más de mil árboles del parque público. 
Por estar tanto tiempo encerrada, y sintiéndome la ‘Yo-tan-bonita-y-acarreando-el-agua, empecé a darle mucha importancia a lo que hacían y tornaban los que encabezaban el movimiento cuando lo que importa en las guerras entre el Estado autoritario y los habitantes del país es cuántos de éstos realmente participan y cuánto tiempo pueden y quieren luchar, y el costo político y social de la represión estatal.  Sin la presencia de la mayoría, sin las cadenas de transmisión o brigadas, los coordinadores del movimiento, son sólo un grupo de compañeros con interés común, fácilmente reprimibles, fácilmente expuestos a ser ignorados, a quienes la multiplicidad de acciones los agotará tarde que temprano y expuestos con toda seguridad a las mezquindades, envidias e intrigas intestinas que son, no el enemigo principal, enemigos muy secundarios, pero infames.
Yo creo que lo mismo le pasa a muchas vecinas, en especial a aquellas que decidieron mandarme el anónimo vecinal denunciando al pendejete, como el sembrador de cizaña, entre amigos, compañeros, vecinos, entre enemigos, entre todo el que fuera vulnerable a las medias verdades, a la fantasía que sustituye al esfuerzo de razonar por una misma.  Me chocan los anónimos, aunque éste fue un anónimo de grupo y de género «Nos consta a nosotras que no te damos la cara ni nombre alguno, nos consta…» No quiero imaginar qué les habrá hecho a ellas. Todo esto pasaba simultáneamente con las luchas de los electricistas, de los mineros, de los maestros.  La guerra contra el narco perdida de antemano, que remontó en decenas y decenas de miles de muertes.
¿El odio? No, el odio es un sentimiento subjetivo.  Más allá de las mitocondrias.  Se aloja en el corazón pero nunca será uno de sus rostros.  Somos la única especie que atenta contra sí misma odiándose.   En las primeras páginas de la biografía de Emile Verhaeren hecha por Stefan Zweig encontré «Todos los sentimientos, con excepción del odio, estaban oficialmente prohibidos y proscritos.» hablando de la primera guerra mundial ¡Carajo! ¿El odio? El odio es simplón… casi siempre, no llega ni a unidimensional calificativo con el que según mi madre insultaba Marcuse, o evocando calenturientamente al checo, Cosicas, que ya pedo brindaba mientras aconsejaba no preocuparse por odiar puesto que, ambos, la preocupación y el odio pertenecen a la seudo concreción.
Odio al pusilánime y blandengue de mi ex que sin más abandonó su casa, lo odio no por incumplir con la letra de nuestro contrato civil, en la que me cago gustosa, sino por quebrantar nuestra versión de la tercera ley, pacto que, idealizaba yo, superaría al de Beauvoir – Sartre.  Hablando de éste último, mi madrecita tiene muy pegada la frase «…La angustia es el temor de no encontrarme en esa cita, de ni siquiera querer acudir a ella.» Y la remata canturreando Angustia de no escuchar tu voz.   Lo odio porque después de meses sigo apanicada conmigo misma, sigo en cuarentena a mitad de la cuaresma y a los cuarenta y cuatro cumplidos.  Pero de que la riega una, la riega.  ¿Pero, qué hacer con “relaciones” que se adivinan pasajeras, de las relaciones que se pescan al vuelo? ¡Pescar al vuelo!
Nos pescamos durante el vuelo.  Él habrá dicho que pescó una mariposa soñadora durmiendo en el bañito, yo que a un guapísimo y volátil aeromozo.  La imagen es tan real que ya estando en tierra lo único que dejó tras de sí fue una pequeña maleta llena de antifaces para dormir, tapones para los oídos, y sobrecitos con servilleta húmeda al huir del baño sin mingitorios.  Con esto cancelaba el tercer encuentro en dobleuces públicos de los tres que sostuvimos.  Uno a mitad del viaje, otro en el más cercano a la banda transportadora de equipajes, y finalmente el inconcluso pegadito a la taquilla de taxis.  La saga duró menos de cuatro horas.  «Deberías ser más escrupulosa en tus relaciones» dijo mi madre mientras estructuraba algo más sutil para aconsejarme.  ¡Escrupulosa lo serás tú! Pensé contestarle cuando a mis catorce años la horrenda y desconocida palabra me llenó de oprobio.  De veinteañera solía provocar a mi madre para que me la susurrara, la palabreja me sonaba retorcida, pervertida, voluptuosa.  Desde entonces me gusta la meticulosidad, hacerlos quisquillosos si no lo son, que se vengan, y se vayan, sin escrúpulos por esdrújula.  La verdad es que me aterran y repugnan los carentes de escrúpulos, hombres y mujeres por igual.  Puedo jactarme de ser escrupulosa con la mayoría de mis relaciones íntimas.  Si estamos hablando de las que mantengo con mis vecinos, soy más que escrupulosa.  Intento que mis modales sean casi intachables para que la defensa vecinal clandestina esté en su punto.  El casi me lo reservo para situaciones en las que mi estado anímico me haga muy vulnerable, peligrosamente vulnerable. 
El desaparecido que se aparece como en su casa por mi apartamentito de azotea.  Ningún vecino lo vio.  La pinche Hermila lo fue a saludar, mientras yo me tragaba vivo al aeromozo cuasi virgen no le hice caso al sonidito de las uñas al trotar hacia la puerta, pero vaya que le puse atención al eco que se reprodujo varias veces en la zona cerebral que protege al placentero y buen coger.  Mis orgasmos potenciales se cancelaron de golpe, cuando entró a la recámara apuntándole directamente a la cara del muchacho quien no salía de su sorpresa de la amabilidad con la que el metiche del Pendejo le pedía se vistiera, me dejara cien pesos sobre la cama, saliera del lugar sin voltear para atrás a riesgo de volverse estatua de sal.  Esperó no más de cinco minutos, y me puso el cañón de la pistola casi dentro haciendo señas de que me quedara callada, no sé de dónde encontró mi tanguita y la usó de mordaza principal y después otro trapo, y comenzó a golpearme firme, despacio, con fuerza, iba escogiendo con cuidado en qué parte  del cuerpo asestar el madrazo.  Fueron horas todo programado, me daba líquidos agua, jugo, leche con agua.  Y de repente cuando desperté de una siesta forzada, ya no estaba amordazada, ni atada, libre de su presencia.  La casa casi no mostraba que había pasado por ella.  En la puerta del refri la dirección donde estaba Hermy vacacionando.  Dejé pasar tiempo antes de atreverme a salir cuando pudiera encontrarme a alguien.  Creí que las cosas se normalizarían pero estaba aterrada, y trastornada en serio, cosa que comprobé cuando me llegó otro anónimo, éste asexuado y en primera persona del singular  indicándome cómo localizar al torturador.  La puerta estaba emparejada, yo no lo encontré cogiendo, sino bien dormido, yo iba desarmada aunque acompañada por el servicial aeromozo que se meaba de miedo.  Me puse sus guantes de trabajo rudo y tomé la aparatosa pinza Stilson caminé al reposet y sin prisas como él me enseñó le partí el cráneo con el primer golpe de por lo menos cuatro, y deseando siguiera vivo le vacié el contenido ardiente de la cafetera.  De las cercanías del aeropuerto de Toluca al apartamento de Genaro a esas horas de la madrugada se me fue volando pues más que una carga, me sentía ligera, liviana.  Según me enteró GG estaría dos o tres días visitando a su amigo judío en un apartamentote de Polanco.  Al ver de frente el cuerpo de Genaro perdí la noción de todo, le ordené no prestar atención al dueño de la casa, meter el cuerpo a la tina del lado pegado al grifo, justo debajo de la regadera, para empezar a limpiarlo mientras que la tina se fuera llenando de agua.  El aeromozo me hacía un examen exhaustivo de What if? Que me obligó a sugerir dejar las cosas como estaban por unas horas y después vendríamos a terminar lo que hubiese que ser terminado.  Estaba exhausta y lo estaría aún más pues no me libraba de ver cómo GG cambió de planes, regresó a su casa con su amigo, a quien le pide lo ayude a entrar a la tina, y muere.  Me llevó a Sani jurando desaparecer de mi vida.  No quería entrar a mi pisito, lo convencí de subir para despedirnos como debe ser al decirle que era libre de irse cuando quisiera, que ya vería cómo resolver lo que era asunto sólo mío, que cobijara mi sueño y se fuera.  Me lo cogí hasta perder el conocimiento como una borracha perdida queriendo olvidar sus crímenes de toda una vida.


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