martes, 24 de enero de 2012

Capítulos XII al XIV




XII
Torralba no me quitaría el hambre ni rompería el ritual por na’nadita.  Me faltaban cosas pero no imaginación, al jengibre nudoso y fresco lo sustituí con seco y en polvo; vodka con ramita al vino de arroz; harina de trigo a la de maíz; agua al caldo de pollo, y finalmente mi sartén viejo al wok.  En minutos quedó listo y al paladearlo me relajé.  ¡Delicioso! De poca el platillo ¡Poca madre! Poca madre la de Genaro, pero la jodida reglamentación contra los fiambres sin familia, esa sí que nunca tuvo madre, madrastra sí, una ley que todavía no leo.  Esto, y los riñones agrios acabaron por enchilarme en serio.
Como primerísimo paso para resolver la ausencia de parientes prendí mi compu; mis excitadas papilas gozaban el humo mientras se instalaba el sistema operativo; localicé al dispositivo de memoria ambulante tatuado Kingston que más que nunca sabía a jamaica sin azúcar; destapé y aproveché el diseño hembra-macho para evitar piezas sueltas, y finalmente lo introduje en una de las entradas USB.  Le repiqué al letrerito MI PC en busca de la presencia suave del duro K.  Mi niña, mi compu, pronto tendría un nombre tan o más bello que Teófila.  No me podía permitir que se llamara Militar Intelligence  Partido Calderonista, ni la que se estaba imponiendo como candidata única ¡Bovary! preferible…Mi Pinche Criatura.  ¡Horror! mejor me lo dejé de tarea.
Seleccioné al Kingston para ver los archivos.  ¡Qué lindo! Genaro llamó MASAJES DE ULTRATUMBA al folder general con un humor antiChateaubriand que no le conocía. ¡Me encantó! Empero me desconcertó su coqueteo junto a un mensaje presumiblemente acusatorio o revelador.  Al mirar dentro de éste aparecieron muchos foldercitos, de golpe no supe cuántos, cada uno con su título propio.  Me bastó posicionar el cursor en algunos de los archivos punto wma para confirmar que en efecto eran un buen de horas las que habría que dedicar a la escucha, al entendimiento, y ¡Ojalá! al paladeo. El viejito cachondo llevaba un buen, pero un buen, de memoria grabada. Supongo que la intención de Genaro era que yo las escuchara ¡Qué güeva!   
Por practicar tanto las buenas prácticas guardaba ya, irreflexivamente, MASAJES DE ULTRATUMBA en Mi música /2011 cuando me detuve en seco, ahora sí de manera consciente, para preguntarme si realmente quería dejar dentro de la compu constancia de todo el asunto.  Acabé prefiriendo conservar el archivo de Genaro en el desabrido dulcecito de almacenamiento masivo, a pesar de que otra buena práctica bien conocida es usar estos dispositivos sólo con fines de transferir información.
Me estaba protegiendo. ¿Pero, de quién? ¿Del poli sin uniforme? ¿Acaso Genaro no murió de pinche viejo? ¡Claro que sí! No quiero que vayan a creer que se suicidó. Ni solo ni socorrido por doña Eutanasia.  Tenía que saciar mi curiosidad y empecé seleccionando el archivo La llamada.  Tenía que probar escuchar la voz de Genaro, y probé:
…la comunicación quedó interrumpida.  Al otro lado de la línea él había colgado dejándome con la mirada clavada en la pared vacía.  Traté de colocar el inalámbrico sobre el cargador eléctrico pero después de varios intentos lo abandoné a su suerte.  En esta simple conversación telefónica acababa de comprometerme a escuchar de boca de un desconocido todas sus confidencias, compromiso que me sumergió en un mar de oleajes sentimentales encontrados.
¡Por supuesto! Para voces rasposas acompañadas de flujo disneico la de Genaro.  Se me hizo evidente que no era el primer archivo, o de que, siéndolo, la grabación no se había realizado de manera correcta.  Por lo pronto la manera de narrar no mostraba una urgencia inminente.  Me parecía mucho más un regalo íntimo, confidencial.  Me propuse discernirlo sobre el relato mismo.   
Al principio pensé que se trataba de la continuación, aunque más sofisticada, de aquellas llamadas anónimas donde me calificaban de ateo, judas, y rabo verde con la intención de insultarme y joderme la vida.  Después se me ocurrió que era una rebuscada especie de fraude; aunque de haber sido cierta devendría en fallida, dada mi precaria situación financiera.  No, esta llamada no quería dinero.  Como cuando se rechaza toda la hacienda a cambio del caballo negro azabache, esta llamada me quería sólo a mí.  Y no es que me asuste con cualquier cosa, pues a mis años ya muy poquitas culebras me espantan, y casi ningún pecado me da envidia.  Pero, en qué cabeza cabe empecinarse o inmiscuirse en la apacible cotidianidad de un anciano paralítico, esté desesperado o no, para dizque liberar su alma de un peso enorme.  Sin dar su nombre, empezó de lleno con eso de que yo era el único que podía ayudarle; que toda la molestia sería por teléfono; y que nunca ¡Fíjate en esto! nunca me habría de importunar con su presencia.  Lo que convierte en extraordinario a este peculiar episodio de mi vida es que duró siglos y benditos días.  No podrás dejar de calificarlo, junto conmigo, al menos de inusual.  Me llamaba de manera irregular sin seguir patrón alguno como ocultando que lo hacía adrede.  Date cuenta lo que me jodía el tener que soportar la torturante repetición de la misma historia, una y otra vez, repetición muy justificada, según él, por la necesidad de que me quedara bien claro.  Lo que te pido es que ponderes mi situación. 
Y lo hice. Ponderé, y coincidí con él en que, por lo menos, no era usual que… Un extraño lo hubiese escogido como confidente telefónico.  Pero, ¿Por qué a él? ¿Quién era él?
…Un decrépito antisocial que lleva años alejado de la vida mundana.
Su respuesta se adelantó desde la bocina ¿Por esto o a pesar de esto lo escoge? ¿Cómo fue que terminó seleccionándolo a él? ¿Entre quiénes? ¿Entre cuántos?  Me precipitaba.  Preferí escuchar.   
La verdad es que mi vanidad empezó a verse rejuvenecida, desempolvada. Reconozco que me gustó. Analízalo desde tu perspectiva a ver qué piensas, o ponte en mi lugar con sinceridad y tú misma decide.  Desde el principio, algo en la voz del extraño me resultó tan familiar como el sabor de la pitaya que no se me olvida a pesar de los años.  Cuando finalmente recordé haberlo conocido en Taxco siguió siendo casi un completo extraño para mí porque ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Treinta años? ¡Treinta años! ¿Cómo me había encontrado? En cualquier caso ¿Quién se creía él que era, que se permitía usar aquel tono imperativo conmigo como si fuésemos amigos de toda la vida, y no simples conocidos de pueblo? ¿Qué oscuro derecho le permitía imponerme su voluntad? Y sin embargo no dejó de suplicar y lloriquear para que lo escuchara.
“Cuando finalmente recordé haberlo conocido en Taxco…”  ¡Haberlo dicho desde el primer momento! Un fantasma surgía de su pasado invitándolo a jugar al teléfono descompuesto.  Se pregunta o me pregunta ¿Con qué derecho? Con el que imponen las conocencias, mi querido Genaro ¿Qué tanto derecho? ¿Qué tan oscuro? ya me lo contará.  Por lo pronto, mi amor viejito se me hizo un majadero bien hecho.  ¡Vaya modales para con un antiguo “conocido de pueblo”!   




























XIII
¡Asiste hoy domingo a la segunda concentración del novenario contestatario por la muerte de Genaro G.G! Sus amigos, allegados, y vecinos quienes lo velábamos en privado y en su propia casa el pasado viernes 25 de… sufrimos el despojo del cuerpo del amigo entrañable por parte de las autoridades federales con el autoritario pretexto de la ausencia de parientes.  ¡Ciudadano! el velorio recalentado y pacífico continúa enfrente de la pésimamente administrada morgue.  ¡Reclama junto con todos el cuerpo de Genaro! ¡Ejerce el derecho universal a la fraternidad! Grita ¡No! a la fosa común y corriente ¡Sí a la sepultura comunal! ¡Todos somos parientes!  ¡Respeto a nuestro muertito y a nuestro duelo! Reclamamos  Los Dolientes.   
Los olores de la minimarisquería retorciéndose en el aire retaron a los provenientes de los chiles rellenos.  A media cuadra se enroscaron y sus turbulencias cómplices entraron por mis ventanas invadiendo todo espacio no saturado por los hedores hogareños de tres días sin limpieza.  Encendí un cigarrillo.  La Hermy se alejó ladrando, censurando.   Lo consumí un poquito más allá del placer. 
Y a mí me consumía pensar que al paso de los días los burócratas de la morgue no aguantarían más, que el apoyo presencial y moral de parte de Los dolientes iría perdiendo fuerza hasta extinguirse.  Tenía que encontrar, pero ya, alguna rama no demasiado seca de su árbol familiar.  Quería lanzarme a Taxco pero sería loco sin antes conocer lo que tenía que decirme.  El ladrido particular de exigencia se adelantó para recordarme que debía preparar su comida, que seguía posponiendo la disculpa a mis vecinos, y que la lucha sorda contra la delegación se perdería si no tomaba medidas urgentes. No era difícil adivinar que el archivo siguiente me llevaría a Taxco para darme a conocer al personaje.  El nombre Esperanza no estaba mal para avanzar y darme ánimos.  Nuevamente la voz de ultratumba me envolvió:
…Fue Roberto, el fraile dominico, quien me presentó a Sebastián cuando éste no cumplía aún los veinte como estudiante universitario de química, con el comentario adicional de que “No fue fácil, pero cayó en mis redes filosóficas hace dos años”.  La deferencia y el respeto con la que Roberto trataba al muchacho hicieron que me fijara especialmente en él.   Perdona pero debo decir algunas palabras sobre mi querido Roberto.  Siempre lo rodeaba cantidad de gente.  Unos porque era teólogo; otros, como Sebastián, porque era profesor de filosofía de la ciencia; los más buscaban al perturbador de buenas conciencias que había en él.  Me arrepentí muchísimo de no haber gozado más la convivencia con Roberto en Taxco.  Lo tuve tan cerca.  Murió poquitos años después.  En el setenta parece ser.  Pero no creas, me tocó la suerte de que compartiese conmigo todo tipo de reflexiones desde las más profundas hasta las más mundanas.  Trató, incasable, de persuadirme a salir de lo que él llamaba mi ateísmo primitivo, aunque parecía disfrutar mucho más mi obstinación que la esperanza de mi regreso al rebaño.  No sólo era yo, pasaba algo similar en la relación mantenida con gran parte de sus conocidos.  Durante su estancia me presentó con gente que a pesar de llevar muchos años residiendo en Taxco jamás había acudido a mí, no digamos los visitantes regulares que, como Sebastián, no tenían ningún interés de tipo religioso.
Paré la grabación y la retrocedí unos segundos para escucharla de nuevo ¡Vaya sorpresa! ¿Quién era mi querido Genaro?  "…la esperanza de mi regreso al rebaño”  Suelta, así nada más, la frase era aplicable a cualquiera, incluyendo a los "ateos primitivos”, pero otra cosa muy distinta resultaba al ligarla con los siguientes comentarios de Genaro: “…con gente que…jamás había acudido a mí…” cerrando con eso de “…no tenían ningún interés de tipo religioso.”  Mi abuelo consentido me estaba resultando tener un pasado muy pasado ¡Guau! ¡Qué grueso! ¿Y todos sabían que había sido una especie de religioso menos yo? Me resultó el peor de todos.
Cuando estimaba inminente la necesidad de presentarme con alguno de sus conocidos se daba el tiempo para platicarme  montones de detalles con la intención, decía él, de que lo dicho durante el encuentro no me confundiera.   Como ya te imaginarás, las más de las veces la información previa resultaba en un lujo inútil puesto que dichos encuentros eran siempre casuales y ricos en discusiones de toda índole.  Decía que mantenerme al tanto de lo que sucedía en las vidas ajenas enriquecería la mía sin importar que las volviese a ver o no.  Valdría la pena relatarte mi experiencia como invitado a la casa del fotógrafo George Silverwood, puesto que la relevancia de lo vivido y escuchado en ese entonces fue tal que cuarenta y tantos años después no ha perdido su valor y acabó permitiéndome relacionar a mi acosador telefónico con aquel joven universitario.  - Veo, George, que tenéis nuevas máscaras en vuestra extraordinaria colección, te felicito.  La estáis enriqueciendo y diversificando muchísimo con la rareza y originalidad de algunas de ellas.  Comentaría Fray Roberto al apreciar la gran variedad de máscaras precolombinas que llenaban todos los sitios posibles de la casa del joven inglés en cuyo blanquísimo rostro se reflejaba el gran orgullo que le causaba escuchar estos elogiosos comentarios y más viniendo de una persona tan honorable como lo era Beto, mi muy distinguido y en aquel entonces hermano en Cristo.
De un jalón puse a dormir al disco duro para recuperar la ecuanimidad.  Ahora quedaba claro que el religioso era un hermano en Cristo de un fraile dominico.  Mi ignorancia en estos asuntos me impidió declarar abiertamente que Genaro me había ocultado haber sido un…sacerdote católico, pero ¿qué más podría ser el hermano en Cristo de un fraile? La onda de que había sido cura disminuía la posibilidad de descendientes ¿o, no? Ya lo llevaría al plano de las certezas más tarde, por ahora retomé la grabación.
- Sí, pero por falta de espacio y dinero tengo que mezclarlas con mi otro hobby, la fotografía black and white.
El joven Sebastián se incorporó a la conversación sin acabar de formular bien la pregunta – “George, pero ¿Por qué el único tema es…?” – “…about industrial machinery?” completó terciando la pequeña y rubia Shona, compañera del fotógrafo.  El universitario le agradeció con la mirada y se retrajo a contemplar el contraste entre las docenas de cortezas talladas y decoradas por grandes artistas indígenas y las pulcras y sobrias fotografías bajo contrato que la pujante sensibilidad artística de aquel jipy inglés de Yorkshire, irremediablemente, transformaba en arte.  Esta contemplación se vio invadida por sus ejercicios mentales que deberían reafirmar su iniciación a la dialéctica materialista.  - ¿Qué contradicción dialéctica será la que corroe las entrañas creativas de George? - Se preguntaba en voz alta un recuperado y revanchista Sebastián con la intención de involucrar a todos los presentes, e iniciar uno más de los seminarios espontáneos que tanto atraían al grupo. – Hagan sus apuestas ¿El tótem o la máquina? ¿La madera o el hierro? ¿Sobrevivirá la imaginación primitiva para tragarse a lo industrial utilitario? No pude dejar de confrontar mis recuerdos con lo que en su momento Sebastián quiso compartir conmigo sobre su adolescencia. Él comentaba que a pesar de lo intrincadas que eran las discusiones, en su interior se libraban batallas más cruentas, pensaba: “Y, para acabarla de chingar, tengo que llevar una doble vida.  Venir al pueblo de Taxco en calidad de intelectual jipioso, resaltando ser, aunque no lo sea, un católico sofisticado.  Lo que me apasiona es estudiar con el marcaje en corto de Fray Roberto los secretos del Principio de Incertidumbre de Heisenberg, su relación con las teorías de la materia continua y la corpuscular.  Y, en otro cuaderno, de doble raya, historia y filosofía de la corriente Ho-Chi-Min, de cómo el pueblo Vietnamita había combatido y vencido a todos sus colonizadores durante cientos de años, y que los cien mil gringos invasores valdrían para pura madre.”  Shona servía y recogía, silenciosa, las tazas de té de Ceilán sin dejar de intercambiar cómplices miradas con Sebastián.  La complicidad que compartían tenía como corazón el apoyo a la activa correspondencia epistolar mantenida entre algunas corrientes del movimiento independentista irlandés en perfil bajo desde el acuerdo de paz del sesenta y dos con las corrientes más lúcidas del espartaquismo mexicano, pasando por los de Oposición Sindical Obrera; eran discusiones de planteamientos encontrados del marxismo mundial tan llenos de dogmatismo como de innovación y esperanza utópica, de verdades y ensoñaciones sobre el antiautoritarismo libertario, la guerra de masas, así como el gran ejemplo inspirador del Che junto a los errores estratégicos del foquísmo, pero lo que interesaba más era aprender de cerca las experiencias de la Asociación Cívica Guerrerense y el Consejo de Autodefensa del Pueblo que participaron en el derrocamiento del criminal represor Gobernador Caballero Aburto en 1960.  En todos los demás aspectos, Shona era la compañera absoluta de George, quien de manera espontánea propiciaba que aquella buhardilla, situada arriba de su tienda de artesanía mesoamericana, de las callejuelas altas de Taxco, estuviese día y noche recibiendo y atendiendo clientes y amigos.  Por la mezcla estoy seguro de que ahí se hablaba tanto Náhuatl como Francés, se discutía tanto de los atributos del Cristo Cósmico y del Punto Omega del jesuita geólogo Pierre Teilhard de Chardin, como de la calidad de la plata de alguna joya, saltándose a la que se debía usar para lograr esos acabados en los negativos fotográficos.  Se charlaba mucho de l’Amour sacré et l’Amour profane.  Pero, más que nada, se amaba a los compañeros, a los pueblos del mundo y, en ocasiones, a insistencia de Roberto, el fraile dominico, mi hermano querido, se llegaba a amar al enemigo de clase. 
¡Basta! ¿Qué es esto? ¡Qué pinche pérdida de tiempo! Grité para mis adentros, y aunque hubiera gritado para afuera nadie escucharía.  A cambio puse al buscador a presentarme sitios de la terminal sur de camiones foráneos.  Pero no resultó tan fácil, unos daban mapas, otros información de a qué poblaciones viajaban y qué líneas pero sin horarios ni reservaciones, la red de boletaje no tenía conexión con Internet, y yo emputándome cada vez más.  Me iría por la línea dos del metro y tomaría el que fuera.  Hice un intento con los hoteles en Taxco y cambié de opinión por los precios, también lo resolvería al llegar.
Me crucé la calle para pedirle a mi vecino favorito se hiciera cargo de la alimentación de Hermila por máximo tres días.  Una vez resuelto esto, hablé para saber cómo iban Los Dolientes y la respuesta fue  «rolándose, con dolores, pero rolándose».  Le eché una ojeada a los periódicos en línea, y ninguna mención.  Todo hablaba de que los narcos iban perdiendo la batalla.  Me consolé con el hecho de que no se mencionara tampoco nada sobre las manifestaciones de dos y medio millones de franceses en contra de las políticas de Sarkó, ni cómo le estaba yendo al gobierno maoísta democráticamente electo en Nepal.   Empaqué al estilo europeo de la posguerra; chequé bien la estufa; saqué del refri lo más biodegradable, y me hice un itacate; cerré la llave de entrada de agua, e incorporé al equipaje, dos de mis libros, y a la hija de Teofila, que creo terminaré llamándola Isolda.  Fui dejando recados regados por todo Sani: Todo lo del depar, excepto  Hermy, a mi casera; por no dejar hablé con los pumas lectores que querían el autogobierno para cada carretón de libros-ya-leidos; El Rey Sol, alias Luis Xicoténcatl Ibarra Váez, se encargaría de estar a las vivas por si Torralba regresaba; los tacos cocher quedaron pagados, no así los riñones para no mal acostumbrar a mi acreedor; le pedí a la chavita que organiza las llegadas y salidas de las micros Tacuba conseguir gente para hacerle el paro a Los Dolientes. Antes de empezar a cruzar el parque se me atravesó un convoy como de cinco o seis camiones repletos de basura ya clasificada, ordenada, y reempacada, que me recordó habría que tomarlos en cuenta en momentos verdaderamente críticos.  De reojo desprecié el Sangrons junto con las toallitas que vendían ahí a precio de toalla robada en hotel de cinco estrellas, ya las compraría en el camino. Ya en Palmas, saqué algo de lana de uno de los bancos de los cuales soy víctima no pasiva.  Pedí prestado un celular para mandar un caluroso mensaje a la Delegación Miguel Hidalgo sobre la irreparable coladera.  Mentí puesto que esta vez no había olvidado mi cel.  Ya con la conciencia medio descargada me lancé por la ruta Palmas – Auditorio – Tacubaya – Chabacano (al subirme al vagón una sordomuda me entregó, con más insistencia de la acostumbrada, uno de esos papelitos rositas donde leí: Al llegar pídele al bolero tu pensión alimenticia) – Taxqueña, y de aquí a pescar cualquiera de los foráneos a Taxco, Guerrero.













XIV
Sentí ganas de repetir aquel viaje que junto con mi madre nos echamos hace mil años.  De manera inesperada recorrimos no sé cuántos pueblitos del Estado de Morelos a bordo de un Flecha Roja.  Todo por tomar el primer autobús que salía para Chilpancingo sin verificar la ruta y las estaciones con parada obligatoria.  La cosa fue que nos chupamos todo el día deteniéndonos en cada pueblo, lo que se justificó plenamente dado que en todas y cada una bajaba y subía  gente, además de que se tenía que cargar disel y conforme avanzaba el día se iba haciendo indispensable detenerse a estirar las piernas, ir al baño, comprábamos a través de la ventanilla toda clase de comida lugareña.  No sé en aquel entonces, pero ahora me era imposible dejar de asociar a toda esa gente con Rubén Jaramillo, su terca lucha armada en su inicio, su apuesta por creerle a las palabras con panocha envenenada de López Mateos, sentí en mis entrañas la muerte de los niños de aquél y de la preñada esposa.  Terrible confirmación del asesinato de Emiliano Zapata.  De momento sentí babas somnolientas escurriendo por la comisura de mis labios, eran producto de la realidad de la noche, que se entrecruzaba con mis fantasmas. 
Ya en el andén de Taxco, aspiré el humo de mi cigarrillo para neutralizar el olor de la mezcla de, si es que esto es posible, disel quemado con aire fresco nocturnal.  Siempre que me enfrento a estos dilemas, lo resuelvo inclinándome a favor de mis percepciones, casi sin voltear a ver si hace sentido, o no.  Como la imagen que presencié segundos después del cambio de luces empolvadas.  Decidí que la sala era mucho más pequeña de lo que la ausencia de gente hacía parecer. A la mitad de ésta se encontraba un bolerito sentado en su cajón.  Al verme se levantó de inmediato y caminó orgulloso hacia mí.
-Si viene porque le gusta Taxco, y es amiga del muertito, arroje hacia mí una moneda de lo que sea. –Me dijo deteniéndose a no más de un metro de donde yo me encontraba, y sonriendo esperó mi reacción.  Le lancé una de a diez pesos, pidiéndole mi pensión alimenticia, que si entendí bien era la contraseña.  La sonrisa de mi contacto se amplió y respondió - ¡Sígame!
 En la calle lo perdí de vista al tiempo que me tomaba de la mano una niña de unos diez u once años.
-¿A dónde vamos?
-A una pensión, pero no es para turistas.
La pensión resultó ser una vieja casita de esas que las van construyendo según se vaya pudiendo.  Me pareció un pequeño y  apretado laberinto donde la familia y los esporádicos huéspedes compartían los encuentros.  Madre e hijo, ambos de bellos rasgos asimétricos color cafécaféconleche, retiraron la tranca para mí. Con gestos muy similares, siempre sonrientes, me dieron a escoger entre dos recámaras, mas desaconsejaban una más que otra.  Entregaron llave para cerrar por dentro y un cabito de vela para la oscuridad.  Un extraño olor a negrura abrazó mi fragilidad apenas se abrió la puerta de aquel cuarto.  En cosa de nada lo imitaron, echándome montón, aromas de adobe viejo embarrado con especias y chiles secos.  Lo denso se dejaba dócilmente cortar por la flama que apenas chispeaba un tronidito verde aquí, otro allá.  Fascinada empero, avancé.  Penumbras sugirieron la mesita, y sobre de ésta, un plato donde coloqué el cabito que iluminó apenas un poco mejor.  Acurruqué mi mochila en la silla.  Adiviné la cama.  Dando un giro me dejé ir de espalda para que el último requiebro de la flama me mostrase las vigas del techo.  Sonreí al descubrir que una araña las protegía moviendo granos de arena de un lado a otro de su tela sedosa que envolvía un escarabajo coleccionista. La araña no tenía nombre, el coleóptero tampoco, algo de la arena caía sin remedio.  Me dormí.  Los golpecitos en la puerta me despertaron.    
- No le echó llave.  Le traigo la extensión para que se conecte al circuito que sí aguanta el cargador de su computadora.- Era una voz que invitaba a perdonarle casi todo, y olvidar cualquier cerradura, pero estos meses estaba hecha una facha y él no merecía trivialidades, cerré pues los ojos y lo dejé pasar.  Más bien, lo dejé escapar.  
- ¿Y lo de Internet?
- Ah, sí.  No, es que apenas y van a dar las dos, por lo que eso si será hasta bien entrada la mañana cuando el cuate del cibercafé nos pase la clave.  Se necesitará darle algo para sus refrescos.
Para probar las conexiones, más que por cualquier otra cosa, retomé la grabación.
Debo comentarte que Sebastián veía en la chica Irlandesa  una amistad simple y directa separada por saludables distancias.  Además del placer erótico compartido con Shona la fantasía garantizaba tranquilidad, estabilidad, liviandad.  Sería el contrapeso a la truculenta relación que mantenía con las hijas del corrupto líder sindical.
Le piqué a la pausa para darme tiempo.  Tiempo para reafirmar y reconcentrarme.  Mi cachondería no tenía límites.  Ir en pos de cualquier chisme jodería todo ¿Qué me importaba saber de cuál líder charro hablaba? En los sesentas había un chingo. Los personajes secundarios y preparatorianos del relato de Genaro eran una trampa de arena a la japonesa ¿Y la araña de los entramados? No se dejaba ver, pero de que andaba por ahí tejiendo, andaba.
De regreso al mundo de Genaro la reunión en la buhardilla Silverwood concluía. Y volvía a concluir. Confundida decidí escucharlo de nuevo. No entendía nada. Cabeceaba montada en un carrusel de vértigo más y más dormida.
Me despertó el maravilloso canto de un gallo ¡Qué delicia! Los gallos de San Isidro ya no madrugan, sentencié para mí encendiendo el primer cigarrillo en horas.  Eran las cinco y doce de la mañana del lunes.  Me escurrí a las afueras de la pensión, aspiré aire y humo hermanados antes de incorporarme al hacendoso caminar de los que ya trajinaban.  Anduve entre callejuelas que componen los bajos de Taxco pescando nuevos aromas, imágenes viejas, sensaciones eternas y sosegadas.  En una esquina me salió al paso la hermosa cabeza de un burro, dejé pasar al burro completo que cargaba a un chamaco y dos grandes picheles de leche bronca.  Fueron mis guías hasta que me rindió la pendiente y la velocidad con la que trepaba el jumento.  Pronto apareció un trío de niños en duelo abierto contra la invisible fuerza de la gravedad.  Cómplice de ésta, la necia pelota se reencontraba con ellos como bumerang rodante, para nuevamente ser pateada calle arriba.  Los seguí un rato sabedora del resultado.  Asimismo mis sueños persiguieron a los intrépidos zanates.  Poco a poco, el eco del vuelo de ambas parvadas encontró la forma de canturrear lo que nunca le entendí a Genaro.        



No hay comentarios:

Publicar un comentario