V
Pasaron las horas. Me quedaba claro que a las cuatro testigos
las habían apañado, y mis miedos egoístas respaldaron mi decisión de jugar
perfil bajo, tan bajo como la necesidad de borrar rastros me lo permitiera. Al
lado de la puerta del baño, protegida por los polis, la gente hacía guardias
cada quince minutos. Unos discutían sobre la inexistencia de partidos políticos
confiables; otros sobre la necesidad de combatir la sobresaturación de
camionetas negras en la ciudad, en especial las que llevan pasajeros en
posición de echarse un pedo atorado; temas trillados desde los primeros años de
la segunda década; muchos presumían de los servicios y mandados que realizaban
para el viejito paralítico. Muy cerca de
mí, unas señoras rezaban en voz bajita, pero esperando que los demás nos
fuéramos incorporando.
Sintiendo que por lo pronto la
situación estaba bajo control solidario bajé la mirada hacia los protectores de
pantalla que espanté con un roce sobre el tablero para seleccionar del
escritorio el explorador de archivos.
Abrí Mi Música para buscar
entre los foldercitos aquel cuyo nombre se asemejara de alguna manera a lo que
el viejo quería que yo escuchara. Me
llevaría años, y estaba idiota si pensaba que podría llevarme a Teófila así
nomás porque sí. No, presentía que
Genaro había guardado los archivos en algo más fácil de cargar. Tratando de reconstruir el aspecto que
normalmente tenía esa estancia, cuando no estaba congestionada por aquella humanidad,
saltó a mi mente el ahora invisible rinconcito de los cédés. Apreté el botón que cancelaba todo sonido,
apagué y cerré la compu para deslizarla luego debajo del sofá esperando que el
aspecto andrajoso de éste desalentara, o retrasara por el mayor tiempo posible,
algún registro del mueble. Me levanté, y
ante el mundo de velas y veladoras, rápidamente me hice una cola de caballo que
terminé descansándola sobre mi hombro derecho.
Segura ya de que mi cabellera estaba a salvo me abrí paso entre los
potenciales incendiarios alisándola con ambas manos hasta quedar justo al lado
de mi objetivo. Me senté en el suelo
junto al único hueco disponible para quedar en una postura ideal para actuar
como una virtuosa del arpa. Y como tal,
rasguñé las cajitas de cédés tratando de detectar lo inusual. Al sentir
sobrecitos delgados y flexibles confirmé mi hallazgo con la transparencia de
los mismos. Eran entre seis o siete
cédés cada uno dentro de su bolsa transparente. Supe que eran esos antes de
leer ‘Masajes’, simplemente lo supe. Y
al tenerlos en mis manos supe, también, que no podría llevármelos dada la
cantidad de testigos que había por metro cuadrado. Pensando qué hacer se me ocurrió tomar al
azahar otros y juguetear con todo el conjunto. Fue cuando sentí que en uno de los sobres, además
de un disco, había un pequeño objeto. Lo saqué deslizándolo suave pero
firmemente. Fingí interés en la portada
de la caja con los cuatro cédés de la ópera Tristán
e Isolda, mientras palpaba una y otra vez la piececita hasta que adiviné
que era un Kingston de cuatro gigabaits.
Era rojo, como imaginaba que estaría mi hermoso clítoris a esas alturas
del partido. Me lo metí a la boca como
caramelo barato sin problema. No sé si
alguien me vio o no, pero no estaba de más las prevenciones. Si me agarraban me encontrarían encima la
ópera de Wagner; los cédés con las grabaciones tenía que esconderlas para
recogerlas después. Me levanté fingiendo
cansancio y presumí, sin fingir, mi duelo por Genaro; di algunos pasos en la
sala; me metí a la recámara y lo más rápidamente que pude saqué los cuatro de
su caja y coloqué a Tristán pegadito a mi ombligo y a Isolda sobre su
amante. De paso encajé uno de los cédés
grabados por Genaro en el ángulo recto que componía el marco de la puerta y el
zócalo quedando visible apenas un cuarto o menos de su área. Encendí un bien ganado cigarrillo y con toda
calma me alejé del dormitorio rumbo a la cocina con la intención de que otro de
los dichosos disquitos acompañara a las cucarachas que residían en el horno de
la estufa, pero terminé dejándolo caer atrás de la misma para no estorbar la
elaboración de café de olla que iba reforzando la consolidación del velorio
libertario. De regreso a la sala babosié
un rato mientras sin piedad consumía la colilla hasta un milímetro del
filtro. Las babas eran producto de la
lucha sorda que se traía mi lengua con el inerme Kingston. Y ni rastros de
las haditas y la bruja buena. Este era un buen momento para retirarme, aunado a
que cada vez estaba más aterrada. Pensé
que nadie me extrañaría – traidora bruja perversa - pues no era protagonista en
el hallazgo del cadáver, ni era coinquilina preocupada ni nada… por el
momento. Sabía que podía irme una vez
que devolviera tres de los susodichos cédés al rinconcito musical de
Genaro. Para hacerlo aprovecharía la
siguiente vuelta al rosario, y lo haría de manera obvia y lo más natural que
pudiese. Que fue muy poco.
VI
Al cuarto para las dos,
todo sincronizado: Terminando el Ave María los polis empezaron a madrear gente;
Quedé inmóvil al caerme encima dos personas; La puerta del baño se abrió de
golpe, salieron cuatro hombres cargando el cuerpo de Genaro ayudándose de
sábanas y toallas. Golpear primero, y
amenazar después, probó ser el procedimiento más eficaz. Cuando la gente reaccionó ya le habían roto
la mandíbula a un muchacho, abierto la frente a una señora, cuatro o cinco más
se revolcaban en el piso, y los ladrones de cosa-antes-persona-conforme-a-derecho
llevaban varios minutos que habían abandonado el apartamento.
Después
me enteré de que la del pentjaus gritaba en la calle que el cadáver tenía apestado
todo el edificio, que denunciaría a los funcionarios responsables con su
diputado del Verde y que era mejor que se lo llevaran. Y se lo llevaron, a la morgue o como chingaos
se llame. Los pocos TISI que hacían
rondas decidieron no oponerse a la operación policiaca sino servir mejor para
trasladar a los heridos lo más pronto posible antes de que las patrullas y las
cruces se los apañaran. En minutos la
escena estaba huérfana de occiso y de heridos.
A los ladrones de cadáveres-de-conforme-a-derecho les convenía ‘por
procedimiento’ tener el cuerpo en su poder, a la parte represora le convenía cero
rastros de nuevos muertos o heridos ¿Heridos? ¿Cuáles heridos?
VII
Así pues, la situación
quedó disparejamente pareja. Ellos
retendrían el cuerpo de Genaro hasta que algún familiar apareciese para
reconocerlo y reclamar el cuerpo legalmente.
En la tele las orgullosamente duopólicas televisoras lanzaron al aire
extraños mensajes Sin vida no hay
secuestro…Lo que no tiene alma o es
cosa inanimada o es algo desalmado…Por seguridad del público televidente cosas
no reclamadas por las personas legalmente responsables serán requisadas por el
Gobierno Federal…así sin detalle ni contexto. La acción de resistencia inmediata incluía mantener
acosado el lugar de retención del cadáver; atender a los heridos y; por
supuesto, habría que encontrar a un pariente, y pronto, antes de que el Estado
fallido fallase a favor de enterrarlo en la fosa común. Notificando por todos los medios posibles
algún familiar se enteraría. La otra vía
era la búsqueda directa. Para lo cual alguien tendría que abocarse a ello. Yo era la indicada dados mi situación y
estado de ánimo.
De
los polis que regresaron al apartamento ni me preocupé. Por suerte estaban más interesados en sopesar
lo que valía la pena robarse de lo que no quedó registrado en la serie de
fotografías que el delicioso muchachito había tomado de la escena ¿del
crimen? Para abandonar con decoro el
lugar traté de poner cara de compungida ante el fingido aburrimiento
profesional de los chicos del orden.
Sentir sobre mis nalgas la presión de una mirada me detuvo en seco. Antes de recordar la presencia del agente
policíaco, su voz ronca me garantizaba al oído que no decomisaría lo que me
había robado. Al girar mi cabeza hacia la izquierda un extraño aliento de
no-fumador-con-dientes-sin-lavar acompañó la frase:
–…siempre
y cuando acepte que le haga algunas preguntas para redondear mi informe. – su
manaza sobó más que apretó mi mano que cargaba los tres cédés que debí regresar
a su lugar.
–
¡Tenga! Yo no me he robado nada. Los
traía en mis manos para no fumar…tan seguido. – Mi buena suerte alcanzó un
máximo y empezó a descender.
–
Me refiero a lo que trae metido por algún lado, ricura.
–
Ya que me descubrió – le susurré al tiempo que velaba con humo su cara para
ocultar mi felicidad por haber previsto que esto sucedería –…prefiero que me
incaute lo que me robé…pero en privado…aquí junto hay un hotel.
–
Mira, corazón, ahora no puedo llevarte a ningún hotel…así que llévate lo que
quieras y después me recompensas, ¿oquey?
–
No, mejor ahora. – Lo reté, elucubrando si DG lo aceptaría en su jotel tropical
– Para quedar de una vez a mano regístreme…en el baño ahora que ya no está el
muertito. It`s now or never.
No hay comentarios:
Publicar un comentario