martes, 24 de enero de 2012

Capítulos V al VII




V
Pasaron las horas.  Me quedaba claro que a las cuatro testigos las habían apañado, y mis miedos egoístas respaldaron mi decisión de jugar perfil bajo, tan bajo como la necesidad de borrar rastros me lo permitiera. Al lado de la puerta del baño, protegida por los polis, la gente hacía guardias cada quince minutos. Unos discutían sobre la inexistencia de partidos políticos confiables; otros sobre la necesidad de combatir la sobresaturación de camionetas negras en la ciudad, en especial las que llevan pasajeros en posición de echarse un pedo atorado; temas trillados desde los primeros años de la segunda década; muchos presumían de los servicios y mandados que realizaban para el viejito paralítico.  Muy cerca de mí, unas señoras rezaban en voz bajita, pero esperando que los demás nos fuéramos incorporando. 
Sintiendo que por lo pronto la situación estaba bajo control solidario bajé la mirada hacia los protectores de pantalla que espanté con un roce sobre el tablero para seleccionar del escritorio el explorador de archivos.  Abrí Mi Música para buscar entre los foldercitos aquel cuyo nombre se asemejara de alguna manera a lo que el viejo quería que yo escuchara.  Me llevaría años, y estaba idiota si pensaba que podría llevarme a Teófila así nomás porque sí.  No, presentía que Genaro había guardado los archivos en algo más fácil de cargar.  Tratando de reconstruir el aspecto que normalmente tenía esa estancia, cuando no estaba congestionada por aquella humanidad, saltó a mi mente el ahora invisible rinconcito de los cédés.  Apreté el botón que cancelaba todo sonido, apagué y cerré la compu para deslizarla luego debajo del sofá esperando que el aspecto andrajoso de éste desalentara, o retrasara por el mayor tiempo posible, algún registro del mueble.  Me levanté, y ante el mundo de velas y veladoras, rápidamente me hice una cola de caballo que terminé descansándola sobre mi hombro derecho.  Segura ya de que mi cabellera estaba a salvo me abrí paso entre los potenciales incendiarios alisándola con ambas manos hasta quedar justo al lado de mi objetivo.  Me senté en el suelo junto al único hueco disponible para quedar en una postura ideal para actuar como una virtuosa del arpa.  Y como tal, rasguñé las cajitas de cédés tratando de detectar lo inusual. Al sentir sobrecitos delgados y flexibles confirmé mi hallazgo con la transparencia de los mismos.  Eran entre seis o siete cédés cada uno dentro de su bolsa transparente. Supe que eran esos antes de leer ‘Masajes’, simplemente lo supe.  Y al tenerlos en mis manos supe, también, que no podría llevármelos dada la cantidad de testigos que había por metro cuadrado.  Pensando qué hacer se me ocurrió tomar al azahar otros y juguetear con todo el conjunto.  Fue cuando sentí que en uno de los sobres, además de un disco, había un pequeño objeto. Lo saqué deslizándolo suave pero firmemente.  Fingí interés en la portada de la caja con los cuatro cédés de la ópera Tristán e Isolda, mientras palpaba una y otra vez la piececita hasta que adiviné que era un Kingston de cuatro gigabaits.  Era rojo, como imaginaba que estaría mi hermoso clítoris a esas alturas del partido.  Me lo metí a la boca como caramelo barato sin problema.  No sé si alguien me vio o no, pero no estaba de más las prevenciones.  Si me agarraban me encontrarían encima la ópera de Wagner; los cédés con las grabaciones tenía que esconderlas para recogerlas después.  Me levanté fingiendo cansancio y presumí, sin fingir, mi duelo por Genaro; di algunos pasos en la sala; me metí a la recámara y lo más rápidamente que pude saqué los cuatro de su caja y coloqué a Tristán pegadito a mi ombligo y a Isolda sobre su amante.  De paso encajé uno de los cédés grabados por Genaro en el ángulo recto que componía el marco de la puerta y el zócalo quedando visible apenas un cuarto o menos de su área.  Encendí un bien ganado cigarrillo y con toda calma me alejé del dormitorio rumbo a la cocina con la intención de que otro de los dichosos disquitos acompañara a las cucarachas que residían en el horno de la estufa, pero terminé dejándolo caer atrás de la misma para no estorbar la elaboración de café de olla que iba reforzando la consolidación del velorio libertario.  De regreso a la sala babosié un rato mientras sin piedad consumía la colilla hasta un milímetro del filtro.  Las babas eran producto de la lucha sorda que se traía mi lengua con el inerme Kingston.  Y ni rastros de las haditas y la bruja buena. Este era un buen momento para retirarme, aunado a que cada vez estaba más aterrada.  Pensé que nadie me extrañaría – traidora bruja perversa - pues no era protagonista en el hallazgo del cadáver, ni era coinquilina preocupada ni nada… por el momento.  Sabía que podía irme una vez que devolviera tres de los susodichos cédés al rinconcito musical de Genaro.  Para hacerlo aprovecharía la siguiente vuelta al rosario, y lo haría de manera obvia y lo más natural que pudiese.  Que fue muy poco.


VI
Al cuarto para las dos, todo sincronizado: Terminando el Ave María los polis empezaron a madrear gente; Quedé inmóvil al caerme encima dos personas; La puerta del baño se abrió de golpe, salieron cuatro hombres cargando el cuerpo de Genaro ayudándose de sábanas y toallas.  Golpear primero, y amenazar después, probó ser el procedimiento más eficaz.  Cuando la gente reaccionó ya le habían roto la mandíbula a un muchacho, abierto la frente a una señora, cuatro o cinco más se revolcaban en el piso, y los ladrones de cosa-antes-persona-conforme-a-derecho llevaban varios minutos que habían abandonado el apartamento. 
Después me enteré de que la del pentjaus gritaba en la calle que el cadáver tenía apestado todo el edificio, que denunciaría a los funcionarios responsables con su diputado del Verde y que era mejor que se lo llevaran.  Y se lo llevaron, a la morgue o como chingaos se llame.  Los pocos TISI que hacían rondas decidieron no oponerse a la operación policiaca sino servir mejor para trasladar a los heridos lo más pronto posible antes de que las patrullas y las cruces se los apañaran.  En minutos la escena estaba huérfana de occiso y de heridos.  A los ladrones de cadáveres-de-conforme-a-derecho les convenía ‘por procedimiento’ tener el cuerpo en su poder, a la parte represora le convenía cero rastros de nuevos muertos o heridos ¿Heridos? ¿Cuáles heridos?

VII
Así pues, la situación quedó disparejamente pareja.  Ellos retendrían el cuerpo de Genaro hasta que algún familiar apareciese para reconocerlo y reclamar el cuerpo legalmente.  En la tele las orgullosamente duopólicas televisoras lanzaron al aire extraños mensajes Sin vida no hay secuestroLo que no tiene alma o es cosa inanimada o es algo desalmadoPor seguridad del público televidente cosas no reclamadas por las personas legalmente responsables serán requisadas por el Gobierno Federal…así sin detalle ni contexto.  La acción de resistencia inmediata incluía mantener acosado el lugar de retención del cadáver; atender a los heridos y; por supuesto, habría que encontrar a un pariente, y pronto, antes de que el Estado fallido fallase a favor de enterrarlo en la fosa común.  Notificando por todos los medios posibles algún familiar se enteraría.  La otra vía era la búsqueda directa. Para lo cual alguien tendría que abocarse a ello.  Yo era la indicada dados mi situación y estado de ánimo.      
De los polis que regresaron al apartamento ni me preocupé.  Por suerte estaban más interesados en sopesar lo que valía la pena robarse de lo que no quedó registrado en la serie de fotografías que el delicioso muchachito había tomado de la escena ¿del crimen?  Para abandonar con decoro el lugar traté de poner cara de compungida ante el fingido aburrimiento profesional de los chicos del orden.  Sentir sobre mis nalgas la presión de una mirada me detuvo en seco.  Antes de recordar la presencia del agente policíaco, su voz ronca me garantizaba al oído que no decomisaría lo que me había robado. Al girar mi cabeza hacia la izquierda un extraño aliento de no-fumador-con-dientes-sin-lavar acompañó la frase:
–…siempre y cuando acepte que le haga algunas preguntas para redondear mi informe. – su manaza sobó más que apretó mi mano que cargaba los tres cédés que debí regresar a su lugar.
– ¡Tenga! Yo no me he robado nada.  Los traía en mis manos para no fumar…tan seguido. – Mi buena suerte alcanzó un máximo y empezó a descender.  
– Me refiero a lo que trae metido por algún lado, ricura. 
– Ya que me descubrió – le susurré al tiempo que velaba con humo su cara para ocultar mi felicidad por haber previsto que esto sucedería –…prefiero que me incaute lo que me robé…pero en privado…aquí junto hay un hotel. 
– Mira, corazón, ahora no puedo llevarte a ningún hotel…así que llévate lo que quieras y después me recompensas, ¿oquey?
– No, mejor ahora. – Lo reté, elucubrando si DG lo aceptaría en su jotel tropical – Para quedar de una vez a mano regístreme…en el baño ahora que ya no está el muertito.  It`s now or never.



No hay comentarios:

Publicar un comentario