VIII
Así fue como me lo llevé al
río, digo, al baño; Aceptó entusiasmado que le bajara los pantalones y calzones
hasta el piso, donde los mantuve bajados con un pie; tomando al Efímero de las manos lo senté en el
escusado; se las guié hacia mis senos que apenas rozó; las empujé abdomen abajo
y con un movimiento brusco le acomodé una mano en cada par de cédés; los apretó
con fuerza sin soñar siquiera en la existencia y paradero del Motorola. Me alejé del escurrido olor a hipoclorito
despacito, despacito.
Al salir del edificio maldije
al no poder pedirle aventón a mi taxista favorito, Ramón Chan, quien me
acarició detrás de la oreja deslizando el borde de mi NOKIA 3x-02 hasta mi
mentón indicándome que eran las dos y treintaicuatro, y que lo esperara en ese
mismo punto de la banqueta no más de tres minutos. Con su destreza característica colocó en ese
tiempo el coche frente a mí gracias a una espectacular reversa que trazó una
curva, que él llamaría ángulo-cuyo-seno-de-teta-es-pi,
desde la esquina de Reforma, donde a la salida del sol volvería a estar el
puesto de Dominga.
El
piropo que le dirigí tuvo la triple virtud de enorgullecer al chofer, de que
éste se hiciese decentísimamente el pendejo cuando rescaté el Motorola BR 50 de
lo más íntimo de mi alma, y de que aceptase con compañerismo altermundista destruirlo
y dejarme sola con mis pensamientos durante casi todo el recorrido de regreso a
mi rincón.
Si
transcurrió toda una vida entre Río Amazonas y San Isidro no lo supe. Por ahora me había salvado. No sabía nada de mis amigas. No sabía qué habían hecho con el ‘otro’
cadáver. ¿Las interrogaron como testigos
o como culpables? ¿de qué? ¿Ya habrían confesado todo? el no saber nada de nada
mantenía mi pánico en estado puro.
Definitivamente era una bomba que estallaría de un momento a otro, sería
injusto que algo les pasara a las atrabancadas, y por paranoia, o lo que sea,
yo me sentía el hermoso y próximo objetivo a destruir…Pero, hablando de
justicia, me dije, que se haga justicia, pero a su debido tiempo.
Hasta
mucho después supe que mis sueños se hacían realidad con una hora y diecisiete
minutos de retraso con respecto a la aparición de notitas en la sección
dedicada a darle voz a los lectores de diversos periódicos.
El pasado 25 de
… del año en curso fue hallado el cuerpo de una persona del sexo masculino muy
querido por sus vecinos en su domicilio sito número 74 interior 100 de la calle
Río Amazonas entre Avenida Reforma y Río Lerma en el centro de esta
ciudad. Sus amigos y allegados queremos
manifestar que con el autoritario pretexto de la ausencia de parientes el
cuerpo ha sido arrancado de los brazos de quienes lo velábamos. ¡Atención! te invitamos al velorio,
recalentado y pacífico, que desde este momento se está efectuando enfrente de
la pésimamente administrada morgue. Ya
amenazan con sepultarlo en una fosa común en el panteón municipal de esta
ciudad por no ser reclamado de acuerdo a derecho. ¡Todos somos parientes! ¡Respeto a nuestro muertito, y a nuestro
duelo! Declaramos y exigimos Los
Dolientes.
Que no se hiciera mención de la retención de
las testigos oculares, obedecía a la insoslayable necesidad de no involucrar en
el movimiento a nadie que no lo hiciese por su voluntad. De la misma manera que Los Dolientes protegían a las
haditas, así ellas me protegían evitando involucrarme en algo que no
participé. Como mi madre dice ¡la
solidaridad va impregnada de ética o no es solidaridad! Y del “otro” cadáver nada. No había sido hallado todavía, o no se quería
mencionar nada, las cuentas de muertos en este país estaban muy abultadas y
seguían creciendo, ya fuera por la razón que fuera, accidentes, brotes
virulentos, ejecuciones, daños colaterales, etece, por lo que las muertes que
se pudieran ocultar se ocultaban, el INEGI tenía separados las cifras
correspondientes a defunciones, de la de los desaparecidos desde los años
sesenta y setenta. Hablando de
no-aparecidos.
La desaparición de mi Ex fue notoria y
conocida por todos en San Isidro, digo desaparición porque no sólo se salió de
la casa, sino que desapareció para mí, para sus cuates, para sus quelites, pa’
todos morochos. Los nuevos dueños me
sacaron de la casa sin decir agua va, y sin que el pendejo se apareciera. Me
fui para la azotea en Río Amazonas donde conocí a Genaro. Y cuando me corrieron
también de ahí, en lugar de buscar en cualquier parte, renté en Sani un depar
minúsculo para mi uso exclusivo. ¿Qué le
voy a hacer? Soy una mujer de barrio. Lo
soy por propia decisión, por supuesto que también por necesidad de techo y
cama. Mi barrio, pudiendo ser barriada
de otro más grande no lo es. No hay
terrenos hacia dónde lo dejen crecer; se puede transformar así mismo, pero no
extenderse. Figurativamente hablando, se
encuentra como bebé en eterno parto en las orillas fronterizas del Distrito
Federal. A San Isidro lo expulsaron dos
matrices con vergüenza y dejadez. De un
lado Las Lomas de Chapultepec, de otro terrenos de la SEDENA incluyendo una
zona habitacional para familias de militares.
Siguiendo con los desfiguros literarios tanto las Lomas como los
militares aventaron su pedazo de criatura a la barranca que tenían al
lado. Cada una le dio la espalda sin
percatarse de que podría sobrevivir. Eso
fue hace más de diez lustros, o sea que yo todavía ni nacía. Ahora, y desde hace mucho, las familias de
las Lomas que viven en los enormes edificios de Avenida de las Palmas observan,
a lo lejos, a las familias de los oficiales militares quienes con similar
curiosidad divisan los ventanales y helipuertos de aquellas. Puesto que para
abajo no saben mirar casi no ven a las eclécticas azoteas de San Isidro cuyas
casas se encuentran enclavadas en una rajadura o barranquilla varias decenas de
metros abajo del nivel de observación horizontal de las mentadas lomas. La ingeniería militar se las arregló para
proteger mecánica y, no sé si, sustentablemente, el talud o cantil que cae casi
en vertical desde sus terrenos hasta una de las tres calles paralelas que
componen el fraccionamiento rectangular y que remontando una pendiente de
treinta grados de Este a Oeste conectan a la vía lenta llamada ‘Periférico’,
que nunca llegó a serlo, con uno de los poquísimos accesos a las zonas residenciales
de Tecamachalco ya del Estado de México.
Al sur las limita, y todavía en las tierras bajas de la barranca, un
parque público cuyos jardines son habitados por mil árboles, siempre erectos
pues odian sentarse en las pinchísimas placas de cemento que, faltas de
respaldo cómodo y decente, ni a bancas llegan.
Los jóvenes, y no tan jóvenes, gozan de campo de futbol de tierra, y
todas las familias padecen un enorme y apestoso tiradero de basura, apodado
eufemísticamente “Unidad de Transferencia…”.
Como Manhattan, ortogonalmente a estas tres calles, el popular e
incómodo rectángulo fue fraccionado en dieciséis o diecisiete callecitas que
las cruzan de Sur a Norte. Como todos
los barrios de la ciudad el barrio de San Isidro se va desarrollando gracias a
la inventiva solidaria que no le pide nada a lo mercantil chafa. Una buena cantidad de casas han abierto sus
salas para ofrecer toda clase de diversas comidas corridas para los empleados
de avenida Palmas. Los negocios tradicionales como tapicerías, cerrajerías,
zapaterías remendonas, sastres, misceláneas que ofrecen perfumes a $85 y
estanquillos, tintorerías, y farmacias con botanas chatarra, fonditas, conviven
y son complementados por servicios de Internet a $3.00 los quince minutos,
saloncitos para clases de baile, yoga y Tai-Chi. Por esto, y más cosas, el
barrio de San Isidro es, y no es, como los otros.
Mi marido vivió aquí casi toda su vida de
chavo, con sus padres según esto muy feliz.
Después lo escogí, me lo cogí, y me casé con él. Ya no fue tan feliz, más bien nada. Yo menos. Le fui teniendo miedo con el tiempo,
ya casi no recuerdo su cara, y aún le tengo miedo. No a él, sino a él conmigo, a nosotros, a lo
que nos hicimos después de lo de la colonia, por eso y por todo le oculté lo
del bebé, que si no… Me da terror todo
eso, tanto como al estar aislada, encerrada, enterrada viva, mis pesadillas
recurrentes y alejadas de mi aquí y ahora.
Las mujeres somos miedosas. La
especie humana es una especie miedosa.
“Sólo que un género es más miedoso que el otro”, frases de esta índole
aventuran de época en época algunos del género mascul. Él solía decirlo de
manera ambigua, en ocasiones claramente en doble sentido. Tranquila mirándolo directamente a los ojos,
el no veía a nadie a los ojos, le contestaba «sólo los machos se hinchan y
esponjan cuando se asustan.» No sé si
entendió, pero dejó de importarme tanto.
Sé que voy a superar esto. La
lucha de todos, todos los días, es más importante. Estoy convencida de que la especie necesita
que sus individuos sean, y de hecho lo son, capaces de tener miedo al desastre
de muchos, al desastre de largo alcance, es un miedo que vigila la vida y
rechaza la muerte de la especie humana toda; mas también estamos dotados, por necesidad,
de miedo al daño individual, a lo que puede afectarme a mí y, acaso, al de
junto. El miedo que nos hace
recular. El miedo que nos hace
atacar. Reculo de miedo. Ataco por miedo. Meados de miedo. Intensidades del mismo miedo para preservar
la especie. Maupassant, en su cuento El Miedo, repitió dos veces en menos de
tres párrafos «Con lo sobrenatural, el
verdadero miedo ha desaparecido de la tierra, porque se tiene verdaderamente miedo sólo de lo que no se comprende.» «El repitió: «No se
tiene verdaderamente miedo mas que de lo que no se comprende.»» No en vano es una de «Las Nueve Caras del Corazón» libro de Anita Nair que leí antes de
venderlo en Tlaltelolco. Disfruté del
relato de aquella velada donde Maupassant departe con Flaubert y Tourguenev. De este ruso se dice que fue un magnifico
escritor, yo no he leído nada de su obra, cuando lo llegue a hacer espero
vencer mi prejuicio de que hubo un tiempo que no fue muy conocedor de la mujer
realmente existente, me atengo a lo que Maupassant mismo cuenta, según él, el
joven Tourguenev (¿Qué tan joven?) se aterró al no reconocer en aquel ser
espantoso a una mujer a centímetros de su cara por nunca haber vistos tetas tan
enormes y envejecidas, acompañada de aquella cabellera tan enmarañada. ¡Carajo!
cada vez me escucho más librezca, en fin, una cosa es el modelo ideal de mujer,
y otra las variopintas variedades de mujer, tal cual somos, alejadísimas de ser
ángeles o demonios.
X
Después de tallar y restregar
mi tersa piel bajo la regadera por cerca de una hora, sin olvidar al viejo me
sentí deliciosamente fresca. Descalza, de
cuerpo entero, me deslicé dentro de una bata de toalla gorda, y dado que el
reloj marcaba cuatro minutos antes de la una de la tarde, tenía dos opciones
para cumplir con mis costumbres atávicas, si quería un desayuno ligero disponía
tan sólo de esos cuatro minutos, puesto que los cánones personales dictaban que
a partir de la una de la tarde estaba obligada a cocinar en toda la forma. Puesto que lo que se me antojaba más era lo
primero de inmediato saqué del refrigerador un paquete compuesto de arrugadas
películas plásticas de dudosa apariencia que envolvían dos rebanadas de jamón
de pavo, y una salchicha de algo. Me las
comí sin aderezos, antes de cerrar el refri, ayudada por traguitos de yogurt
con bolitas. Imaginé a la masita a punto
de abandonar el esófago rumbo a lo más oscuro y ácido de mi ser. Reforcé mi juramento pro-tianguis. En los dos minutos y medio que me quedaban
confeccioné mi coctel favorito. Agregué
con indulgencia muchísimo limón y chile piquín al enorme coctel de charales,
chapulines, pepino, y jícama que rebozaba mi enorme tazón chino de China. Y
¡Voilà! Aún faltaban once segundos para las trece horas. Detrás de los libros de ciencia ficción de la
colección Minotauro saqué dos de los cuatro litros de Boing de Guayaba que
había escondido para casos de urgencia como éste. Me harté de la incómoda bata gorda como debió
haber hecho Flaubert ante la observación que le hizo George Sand «…Usted vive
en bata, la gran enemiga de la libertad y de la acción» y cubrí la zona sur de
mi desnudez con un chorcito sexy, y la norte con sudadera inmensa de Georgetown
que confisqué en un pasado impreciso. Me faltaba algo para quedar completamente
cómoda. Jalé y sostuve con mucha delicadeza la lámina de cartón que soportaba
el mantelito 19 por 19 territorio que para ese entonces estaba más que invadido
por las piedrecillas negras y blancas que contendían a la manera Wei Chi. Lo coloqué en el piso y, después de observar
las áreas, por pura intuición coloqué tres elementos de cada lado,
favoreciendo, por supuesto, a las negras. Pronto perdí la atención. No estaba para estrategias ni para construir
áreas de influencia.
Estaba
inquieta y sabía que no sería nada fácil restablecer mi equilibrio. Encendí el
equipo de música Pioneer, lo acaricié
donde más le gustaba, ronroneó y me felicité por mi asiduidad al ver los cinco
espacios de la charola vacíos y disponibles.
Seguía atrapada. ¡Qué fastidio! Me asaltó el remordimiento por la
entrega premeditada de la ópera de Wagner a la policía. Pero lo que necesitaba en esos momentos se
encontraba en mi propia colección de la cual seleccioné la Misa de Requiem de
Mozart, y para hacerle tributo al Ateo-versión-Neocátara qué mejor que Un Requiem Alemán del arreligioso, antisocial
y edípico Brahms. Coloqué los cuatro
cédés en el orden indicado y volví a provocar el ronroneo. Me arrellané en mi sillón disponiéndome a
escuchar los réquiems de un jalón. Y de
otro, y de otro. Mi tristeza y
melancolía iban y venían aleteando como vampiros entre el ocaso y los primeros
suspiros del alba. Venían no sólo de ese
día, por la muerte de mi amigo, sino de un día antes de ese de maratones
sexuales, y de más días antes de esos de desamores perfectos; se iban porque
estaba intensamente viva, porque la cosa no es tan seria, porque nuestra
existencia es accidental a más no poder. Tan accidental como el hecho de que el
grito «…tamales calientitos. Lleve sus ricos y sabrosos tamales oaxaqueños…» de
las calles de San Isidro se montara obscenamente, sin opacarlo, al «Freude und Wonne…» que yo escuchaba. Y
en contradicción, la cosa era como para morirse de risa, lo mismo exactamente
sucedió semanas antes durante el curso que tomaba en La Casa Lamm, en la
colonia Roma, escuchábamos Ein deutsches
Requiem de Brahms cuando el mismo intruso o mejor todavía la mismísima voz
intrusa «…tamales calientitos. Lleve sus ricos y sabrosos tamales oaxaqueños…»
irrumpió de manera irremediable en el bellísimo salón. Coincidencia accidental o lo que fuera me dio
un respiro sentimental que prolongué al salirme a perseguir al tamalero después
de deshacer el nudo que permitió a la Georgetown caer como telón hasta mis
tobillos. Lo pesqué pasando la
verdulería. Me comí un tamal mientras despachaba a otros
clientes, y sólo hasta que me entregaba el paquetito con otros cuatro tamales
verdes me “confesó” que alguien, un amigo del amigo del cuñado de su patrón les
había pasado una grabación pirata del “…tamales calientitos. Lleve sus ricos y
sabrosos tamales oaxaqueños…”, que nunca había oído hablar de “La Casa esa” y
que lo que sí sabía, porque se discutió en las clases de historia durante el
plantón de Reforma, era que Álvaro Obregón era un ojete. Un segundo tamal constituyó la cena del
sábado y el cierre de la primera etapa de mi duelo.
A las siete de la mañana
las campanadas de San Isidro me obligaron a leer un mensaje recibido nueve
minutos antes: « Tranquila. Tú a lo tuyo, nosotros a lo nuestro, y los demás a
lo demás.» Me volví a dormir con una
sonrisa que me duró hasta que me despertó la señora Cecilia que me traía el
mandado después de levantar su puesto de tlacoyos y tortillas ¡de masa de
nixtamal hechas a mano! del mercadito que se pone junto al parquecito, o sea
que eran como las tres de la tarde.
¡Nop! En el cel marcaban las 15:28.
Reacomodé
cosas de la alacena al refri y de éste a la sección de congelados, me deleité
con un tlacoyo a la Medici escogiendo algo nuevo y exótico de Hunan esquina con
Sichuan del sexto libro canónico de la antigua China. Dado lo poco aprovisionada que estaba mi
alacena me pasé a la contraesquina para escoger un platillo Chengdu…Pato
ahumado con té, paso sin ver…Riñones picosos aunque agrios, pues tampoco
empezando por los riñones, entonces… Entonces sonó el teléfono con la tonada propia
de los vecinos de Sani. «Un pinche tira
está a punto de tocar a tu puerta. Tienes tiempo. Lo obligamos a dar otra vuelta a la manzana. Por cierto, no me has pagado los tacos de
carnitas del sábado antepasado» Le agradecí el aviso al Bofes, y le encargué tres riñones sobrantes de no más de treinta y
cinco horas. Abandoné el trajín
hogareño, y esperé. No fue sino al
tercer, y más prolongado, timbrazo que me digné abrir. El agente de agentes, el incautador de cadáveres
huérfanos, el que apenitas y las manitas metió, ese, llamaba a mi puerta. Venía a por más. Sus ojos me confesaron que sí, que en primer
lugar a eso venía, y se desarmó solito sin que se lo pidiera. Si sus labios se abrieron fue para decirme
que era Teniente, que se apellidaba Torralba, TeTo, ¡Teto! que lo perdonara por
lo de la otra vez, que él no era así, que… qué difícil era estacionarse por aquí
donde vive Señorita Bovary, aún y en domingo.
¡Qué lindo! No tenía remedio. Dócil,
se dejó guiar por mi sonrisa hasta el sofá. Le tomé de las manos el tiempo
suficiente para estimar su presión arterial.
No acababa de acomodarse cuando yo ya lo esperaba sentada en el piso a
un metro y medio de distancia. Su
desilusión se vio interrumpida por el aterrizaje abrupto que la Hermy hizo para
ganar dos de los tres cojines. Con su
eficiencia acostumbrada lo olfateó de pe a pa regresando una y otra vez a su
sobaco izquierdo donde de seguro tenía alguna arma. Ladró.
La conciencia del Teniente Torralba interpretó la aprobación como una
amenaza y se levantó de golpe.
-
Pero, siéntese Teniente, la Hermy no le va hacer nada mientras usted no me haga
nada a mí. Ni siquiera le he aclarado
que mi nombre no es Bovary…
-
Me voy, señorita…? - … - Veo que interrumpí su comida…o su cena. Sólo venía a
confirmar que usted no anda involucrada con esos revoltosos.
-
Primero, Bovary es un apodo de mal gusto.
Segundo, Mi único alimento del día, aunque no tengo raíz de jengibre. Tercero, ¿De qué revoltosos me está usted hablando?
- De los que han estado asediando las oficinas
de la morgue. Bueno, me voy.
-
¿Y?
- Olvídelo, la verdad es que estoy muy
confundido porque no sé cómo interpretar el que me hayan sacado de la lucha
contra el narco para atender un caso de abandono de cadáver muerto de muerte
natural… ¿Ya ve? Mejor me esfumo.
-
¿Qué le dicen en la PGR?
-
A ellos les vale, yo soy de la local. Lo
último ¿Le gusta eso de las computadoras? No que si le sabe, le pregunto que si
le gustan.
-
Lo acompaño a la puerta Teniente. Mi
nombre es Isabel, y también lo último ¿Va en serio lo de que sólo un pariente
evitará que el cuerpo vaya a la fosa común?
-
Dos o tres sería mejor. – Cuando abrí la puerta la frase perdió fuerza al
recibir el humo también dirigido a neutralizar aquel aliento sin lavar que
acompaña a no pocos fumadores pasivos. Y
más aún cuando le atravesaron el paquete con los riñones mientras salía.
-
Si le hace falta más, señora Isabel, le consigo, riñones nos sobran por aquí.
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