martes, 24 de enero de 2012

Capítulos I al IV




                                    I

El timbre del teléfono repiqueteó con tal estridencia que desperté a pesar de que unos tapones de aerolínea protegían mi sueño.  Lancé un brazo para tocar a mi invitado ahora ausente, y el otro brazo hacia el aparato.  El mancebo que a tan sólo tres escasas horas me prometía no sólo un orgasmo sino cobijo y amparo, me había puesto el antifaz que ocultaría su vuelo.  Descolgué a pesar de que no eran ni las nueve de la madrugada esperando la cobarde disculpa por abandonarme.  Era Toña, vecina de mi otra morada. Si hubieran tocado a la puerta era posible que trajera cigarrillos y un kilo de café chiapaneco en grano. Las profecías nunca se cumplen, las utopías son posibles, pero hay que talonearle mucho, y mucho tiempo.  A menos que…  
–¡Pinche Toña! Estuve a punto de mentarte la madre al pensar que llamabas sólo para saludarme, ¿Qué…
–…te digo que Genaro está muerto. – La voz tipluda de Toña acabó por darse a entender, y estando en parte auténticamente sorprendida, ya estaba relajada como para contestarle. 
– ¡Qué mala onda! Sabía que pasaría cualquier día. – No escuché lo que dije, y si lo hice no lo entendí.  Ya se iba a morir en cualquier momento, o no.  Las coincidencias son las que me joden, y ésta era de las que a una le parte su madre.
– Pero no así. – ¿Qué sabía ella de las formas de morir? ¿Qué sabía yo? ¡Eso precisamente! ¿Qué sabía yo?
– No así, ¿Cómo?
– Muy raro, muy quiénsabecómo. – Su capacidad de matizar los detalles estaba en su peor momento. -  Por lo que más quieras, Bovary, ven pronto.  ¿Bovary…estás ahí?



II

-¿Ramón?

-¡Buen día! Pasajera Exclusiva. Mi cajuela es toda suya.

-¡Por favor! Me urge ir a Río Amazonas…Hoy no cargaré libros.

- Ramón va de volada por Usted a …¿a…?

- A Sani

- En no más de quince minutos si sigue estando adelante de donde se caen los aviones y algunas cuadras del basurero. 

Reflexionando sobre la manera de establecer las coordenadas de mi colonia olvidé interrumpir la comunicación, pero no cargar con dos refrescantes ladrillos de Boing de guayaba.  Ya iba en el asiento trasero y yo seguía sin respuesta peyorativa que valiera la pena,  para sacarme la espina le indiqué una ruta que esperaba él no conociera «En la calle ‘menos uno’ metete a la izquierda y te regresas una cuadra…aquí a la derecha…» «Es  sentido contrario, mira hay dos coches queriendo bajar» «En cuanto puedas, tú súbele,  Si va una en coche al centro, de mi barrio se sale por aquí» íbamos por donde se encuentra la Escuela Médico Militar, y Ramón no se recuperaba, seguía sin creer que acababa de salir de esa calle estrechita, que parece tobogán de balneario, con circulación en dos sentidos, y varios camiones estacionados a toda hora. «Por aquí, tú que eres un fregón manejando llegas a la extrema izquierda del peri, te evitas el enredijo de la lateral, y por la gasolinera, nos vamos para Polanco»  Así lo hizo, y de lejos vi el devastado microsistema de coladeras que dificultaba la entrada a la lateral del peri.  Ramón manejaba con orgullo, desde hacía algunos años, un coche de la Red de Taxistas ISI.  Igual que muchísima gente, los que formaban esta red se habían convencido de que al hablar de México la palabra Crisis se escribía con letras mayúsculas para significar que la enfermedad era crónica, permanente.  Las siglas indicaban que la red estaba constituida por taxistas Independientes, que no dejan de serlo; por taxistas contratados por Sitios registrados, a los que no les fallan; y por los llamados Indisciplinados, que son eso: todos comprometen sus horas de descanso voluntaria y llenos de entusiasmo.    
Los ojos rasgados y comprensivos de Ramón me auscultaban a momentos por el retrovisor.  Me había salido sin bañar y con la misma ropa apestosa de tres horas antes. El único toque de urbanidad eran mis calzoncitos limpios y nuevos, riquísimos.  No usar brasier se me estaba haciendo manía.  No fue sino hasta que encendí el tercer cigarrillo que dejé de darle vueltas a lo que significaba realmente la expresión « Muy raro, muy quiénsabecómo », la muerte misma de Genaro me trastornó.   ¡Idiota! No había pasado revista a las flamitas de la pinche estufa.  Lo pensé tan fuerte que Ramón en su bonhomía oriental pidió por radio pasaran con mi casera a confirmar que los pilotos estuviesen encendidos.  No tenía justificación alguna, salvo que ni una taza de cafeína fluía por mi hermoso cuerpo, cerebro incluido, para ayudarme a recorrer las arterias de la ciudad de México. 
Ramón aprovechó para retomar el seminario de iniciación al que tenía yo derecho en mi calidad de ‘Beneficiaria’, y él, la obligación de impartirlo como miembro fundador de la Red ISI.  No sería sino hasta después que me hablaría de la existencia de una telaraña que apoyaba causas de resistencia ciudadana cuyo tejido hiper clandestino se extendía intraRed.  Por lo pronto, le pedí posponer la plática para cuando no estuviese tan adormilada como iba.  Adivinando una sonrisa en su mirada una parte de mí trató de enlistar los pendientes del día.  Asuntillos tales como demostrarles a los de la Miguel Hidalgo que si bien yo no había gastado ni de chiste cinco veces más agua que los meses anteriores, ellos, en cambio, sí llevaban más de veinte seudo reparaciones de las coladeras y eso que se encuentran a sólo dos cuadras antes de Palmas; reaprovisionar mi alacena en los tianguis empezando por ajos y cebollas, ir al super sólo por lo que no encuentre en aquellos; disculparme con los vecinos por las sesiones nocturnas de ladridos a las que mi Hermione los somete a diario; regar y regañar a mi planta de eneldo para que se ramifique un poco más; y ver qué se puede hacer con el terrible abuso infantil que a diario, y por horas, tiene lugar cerca de mi apartamento; de mi negocio no me quejo más que de mí, las tres mesas ambulantes de libros-ya-leídos, tienen al frente chavas responsables serias e infatigables.  La otra parte de mi cerebro, la que está más llena de circunvoluciones, se puso a jugar a los apodos locales con Genaro, de inocente llego emocionadísima a contarle que en sólo cinco días vendimos 27 ejemplares de Madame Bovary la obra maestra de Flaubert, remato platicándole que mis colegas por unanimidad me aplicaron el nom de guerre,  el celoso de Genaro aseguró que yo misma conté que mi adolescencia opacaba, de calle, los caprichos y pecados de la antiheroína.  Y ahora, no había manera de cobrarle lo hocicón.  No se me daba la gana aceptar la muerte del Neocátaro, por más pinche viejito que estuviera.  Siempre estuvo anciano.  Presumía su ancianidad para seducir.  Lo hizo conmigo para que me fuera aficionando a él.  Al muy cachondo no le bastaba que fuese una vecina amable, fantaseaba con la idea de que fuese su enfermera acompañante.  Me quería para él solo y comprometida por un contrato.  Pero la libertad siempre es la libertad.  Sin dejar de hacer trampa aceptó que yo lo visitara cuando mis hormonas lo exigieran.  Y como ahora corro hacia él, corrí todas las veces que me necesitó.  Electra y pura como el agua de garrafón.
Por algún extraño fenómeno que se le escapa a mi hermoso cerebro de vendedora-de-libros-ya-leídos la globalización a la mexicana, vista por Ramón en su dimensión tránsito urbano, se expande, dice textualmente, a una velocidad inversamente proporcional al tiempo, más que eterno, que toma el traslado de un sitio a otro.  A mí, el hecho de que no se acabara el viajecito de San Isidro a Río Amazonas, me encabronaba.   

                                                                  III

De nada sirvió enseñarle al ISI boy el atajo, en cuanto pudo retomó la ruta que me permitiría contemplar la hermosura del Paseo de La Reforma globalizada por los cientos de vehículos que la transitan a la velocidad de Turibús, así hasta despuesito de Insurgentes donde regresó en U por la lateral, pasandito el edificio de la PGR. 
Mis propios laberintos me fueron durmiendo, los múltiples y dodecafónicos ruidos citadinos hicieron su contribución.  No supe si Ramón bajó o subió el volumen a las interminables excusas de las interminables guerras de invasión occidentales; las sinrazones de la vida artificialmente prolongada del obsoletísimo sistema financiero mundial; la extraña relación entre el número de cabezas humanas que enriquecían colecciones y la ausencia de reportes públicos del lavado de billones de dólares realizados por los bancos mundialmente competitivos. Su radioreceptor no captaba sus reflexiones, yo tampoco.
El empujoncito, arrancar la baba con el dorso, y ver el 74 a la entrada del edificio fue una sola sensación.  Al bajarme del coche alcé la vista para ofrecerle un guiño nostálgico al borde de la azotea donde se encontraban los cuartos de servicio que me sirvieron de hogar hasta que se les ocurrió convertirlo en pentjaus.  Me halagó ver que las plantas del jardincito que yo cultivé todavía colgaban altaneras coronando al edificio. Esta vez no habría de correr mil escalones arriba, esta vez me mantendría en tierra firme sin importar cuán húmedo, y a ras del suelo, estuviera el apartamento de Genaro.
Entre las dos columnas que franquean la entrada al edificio se encontraba in crecendo un grupo de personas cuyo centro de atención eran Flora, Fauna, y Primavera, tres de mis ex vecinas, que ante la evidencia de que yo ponía apodos de manera compulsiva, escogieron ser las haditas de Walt Disney.  Me pidieron respetar la decisión con la misma seriedad con la que firmamos un contrato privado donde ellas eran socias proveedoras de la liquidez de mi puesto de libros-ya-leídos.  ¡Qué hermosas eran! Lo eran con o sin alas de mosquito transmisor.  Un instante después abstraje con la mirada al muy potable Fiulinyeccion, parecía que todas queríamos con él, sacarlo de trabajar de esa gasolinera que se alimenta de carros por Río Lerma y que ya servidos los regresa a Río Rhin. Pero no sólo estoy hecha de ambrosía, pues también llamó particularmente mi atención, Dominga, la hechicera de sopes y toditillas, quien entraba y salía del motón como guiada por extraña danza.  La mayoría de las personas parecían provenir de los diversos restaurantitos, hoteles, y de los valiosos e indispensables negocios informales; mientras que otras tenían toda la pinta de ser empleados gubernamentales o pertenecer a empresas privadas de los edificios cercanos. Al verme Efe, Efe, y Pe, como las llamaba yo sin violar el acuerdo, corrieron hacia el coche para recibirme mostrando su pesadumbre, y combatiendo por lo bajo un cierto miedo. Mientras me besuqueaba con una, las otras dos se alternaban para soltar fragmentos de información con patética solemnidad, y ese miedo subyacente.  Entre lo no obvio me enteré que estaban llegando muchos de los que se encariñaron con el viejito durante las guardias del plantón que obstruyó por días el Paseo de la Reforma; que los agentes de la policía llegarían de un momento a otro; que Toña me esperaba en el apartamento de Genaro para decidir cómo velarlo, y lo demás.
- ¿A cuál de ustedes se le ocurrió la pendejada de llamar a la policía? ¿A ti? ¿A ti? ¡Pero si debe haber muerto de cansancio! – Las reprendí lo más maternalmente que pude.
-  Si lo hubieras visto no hablarías así. – me cuchicheó al oído una Flora más maternal que yo, y que nunca, su miedo me lo encajó en mi brazo izquierdo.
-  ¡Anda! Primero habla con Toña y nos ayudas en lugar de sermonear. – sin responder la abrecé y besé a la francesa.
- El que llamó a los tiras es ese que está ahí.  Se enteró cuando estaba desayunando en el puesto de Dominga, y da la casualidad que es empleado de la PGR.  Dice que si no aparece algún pariente los vecinos no vamos a poder velarlo ni mucho menos enterrarlo, que luego, luego se lo van a llevar.  
A punto de responder me paralizó la lengua el virus de la subjuntivitis que tanto menciona mi actual médico de cabecera.  Y muy a tiempo el tierno oriundo de Tapachula, alias Ramón, puso un termo frente a mi cara, el cual acabó cambiando mi foco de atención hacia el fugaz aroma de un café muy comercial de los hechos de plano sin amor.  Lo confirmé con los primeros sorbos, pero mi larga abstinencia sosegó la crítica.  Complacida fui sintiendo la renovación vibrar huesos para afuera.  Hasta entonces entendí que el taxista de los ojos negros y rasgados era el responsable de haber lanzado la convocatoria para que los brigadistas del plantón Zócalo – Reforma, veteranos en activo, se dieran un “volteón solidario” para suplir a los parientes ausentes. 
Tuve fuerzas para cumplir de nuevo con el ritual del beso antes de que la Toña sin explicaciones previas me ordenara pasar al baño, « ahí es donde se encuentra el cadáver», lo que había dado lugar, o parte de lo que había dado lugar, a que ella calificara su muerte de « …muy quiénsabecómo ».  Ella no lo notó, pero me turbé todita, y no le hice caso cuando me dijo « Tenemos que hablar, es urgente» Entré al apartamento hablando casi para mis adentros.  «Cada quien deja su cadáver donde puede ¿Qué tenía de raro que a tipos como Genaro se les ocurra dejar su propio cadáver en el baño? »




IV
Quise creer que su cristalina mirada de maniquí–hecho-a-mano me la dirigía a mí, y no al cielo raso y descarapelado.  Me arrodillé junto a la tina, le bajé los párpados y lloré desconsolada mientras se los mantenía abajo un buen rato, y seguí llorando al observar distorsionado por las lágrimas el arrugado cuerpo de mi amigo.  No pude evitar sentir sus manos temblorosas acariciándome de nuevo, como las veces que lo bañé aquí mismo, en contraste con lo artificial que se veía ahora con sus bracitos cruzados sobre el pecho. Miré la escena sintiendo lo contrario a un dejá-vu, lo inexistente entretejido a lo profundamente familiar.  Me atropellaron imágenes indeseadas de la última vez que había estado en este baño, frente a esta misma tina.  Casi perdí el conocimiento.  Sin embargo su expresión serena me dio fuerzas.  Por mi mente pasaron cientos de tinas cada una con su muerto respectivo y cada muerto con su respectiva manera de morir.  Desde mi padre que falleció justo al cumplir los ochentaiocho hasta el asesinato de Marat eran sucesos cotidianos.   
De reojo percibí pequeños cambios de luminosidad refractada por la capa lagrimal. Limpié apenas mis ojos. Sobre la cortina plástica se untaba la luz que escapaba de la mesita pegada a la tina.  La pantalla de cristales líquidos emitía incansables imágenes de Carla Bruni en sus veinte.  Teófila, era el nombre de la compu de sobaco del viejo, se protegía sin dejar de consentirlo.  Al tocarla cambió, pudorosa, las imágenes por un árbol de archivos.  El ruido zumbón que anegaba mi cabeza fue empujado y sustituido por…Aunque me haiga traicionado no lo puedo aborrecer… Si el ruido me era familiar La tequilera también lo era… me dicen la tequilera como si fuera de piiila alcancé a escuchar a la Pecanins.  Cantaba escondida en las intimidades de Teófila.  Me gusta esta idea de Genaro de ponerle nombre propio a algunas cosas, y junto a muchos otros, prefiero humanizar a las máquinas, que deshumanizar a la especie humana; y por supuesto prefiero la carne al metal. Ahí mismo descubrí el Motorola de tiempos del fraude electoral entre cremas y champús facilitadas de seguro por el saloncito de belleza de Toña.  Entre las muchas contradicciones que traía en mi cabecita la más reciente y necesitada de solución involucraba la aceptación de esta muerte como aceptaba las otras.    Sentí que la mano negra ganaba un poco más de terreno.  Tomé pues el M BR50 para revisar el último mensaje.  «Hola Masajes pídele a Teófila que te cante el último corrido» rezaba la frase que el viejo había enviado a su servidora que tantos masajes le dio en vida.  De manera casi automática borré el mensaje.  ¿Y mi celular? ¡Pendeja de mí! lo debo haber dejado en mi burocito, pensé, junto a Caroña’s Hotel lectura que reconcilia a una con el mundo. Si mi casera, o alguien más ¿quién? leyese el mensaje en mi cel le sería fácil suponer que Masajes soy yo, y que conozco - ¿quién más la conoce? - a la compañera Teófila suficientemente bien como para pedirle que le cante un corrido considerado como el último.  Tranquila, yo fui la única invitada al bautizo de la Toshiba, salvo que recordé lo comunicativo que se había vuelto el chico.  Estaba en esas de ponerme a revisar los mensajes enviados o recibidos restantes o cómo deshacerme del celular, de si, cuando Toña golpetea la puerta del baño como si se estuviera cagando o, más bien, como si ya lo hubiera hecho.
- ¡Llegó la policía! ¡Bovary! Están en la entrada hablando con Minerva, la del penjaus. - Dando un giro me dejé caer de nalgas contra el escusado.  
- ¡Voy!... ¡Diles que me esperen! ¡Y no me vuelvas a llamar Bovary!
- ¿Qué te esperen? Pero…¿Qué carajos estás haciendo, Isabel?  Dada la costumbre de los que vivimos solos de no ponerle el seguro a las puertas del interior de la casa, Toña no tuvo ningún obstáculo para verme la cara de tigresa santajuliana que debo haber puesto justo un yoctosegundo después de que metí el Motorola BR 50, no sobre como lo haría con una toallita sino, entre los labios de mi vulva los cuales siempre exigentes y selectivos impidieron la penetración. 
- ¡Ay! ¡Isa perdón, perdón! 
- ¡Te dije que voy! - Agradeciendo a los diseñadores del decenio pasado el tamañito y la topología ergonómicamente redondeada, y a Genaro su conservadurismo cachondo.
Fue entonces que Toña, de sopetón, me soltó que las haditas habían estado ‘jugando’ a ‘lo-que-hagas-Genaro-hacemos-las-tres’ hasta que el viejito se les murió, bajaron el cuerpo de Genaro y lo sentaron dentro de la tina ‘viendo’ hacia la puerta, y que así lo dejaron; que fue hasta después que la despertaron a ella, a Toña, para que valorará si habían hecho bien o no, si estaban fuera de peligro o no; que finalmente le pidió a Fauna le mostrara cómo lo habían dejado; como pudo me explicó que lo que encontraron era muy distinto de lo contado, tanto que de una Fauna que no paraba de hablar pasó a una Fauna enmudecida de terror.  En cada extremo de la tina se encontraba un cadáver. Uno era el de Genaro y el otro el de un desconocido.  Toña, que parecía haber memorizado las palabras que iba a usar conmigo, no se percató del impacto que estas me estaban causando.  Sin acabar de concentrarme entendí que Fauna la atosigó con eso de que ¡Un cadáver sí, pero dos no! ¡Dos no! ¡Dos no! Toña, igual de trastornada, la calmó cuando le pidió que trajera todas la toallas grandes que pudiera, para el momento en que regresó Toña empezaba a sacar al extraño de la tina, y que entre las dos habían subido el cadáver para esconderlo en el depa de Fauna.  No pudiendo aguantar más, se pusieron a dar aviso de la muerte del viejito, que de mí no se acordaron hasta poco antes de las nueve, que me rogaba rezara por ellas. 
Entré en estado hipnótico, desconecté a Teófila, y sin cerrarla, la llevé conmigo a la estancia llena de gente.  Los rancios aromas de la sala comedor de Genaro, cultivados por meses y años, se empezaban a diluir en aquella mezcla de individuales hedores.  Quería huir, desaparecer.  No sé si me logré mimetizar a tiempo o no, la cosa es que fui ignorada del todo por un pequeño cortejo guiado por la que debía ser Minerva que pasó junto a mí rumbo a la habitación más popular del piso.  El grupo fue dejando en su camino un poli aquí, otro allá, hasta quedar reducido a un agente policíaco, que parecía más agente que los otros, seguido por otro mucho más joven con cara de nerd necrófilo y sonrisa de médico forense, cuando estos dos hubieron entrado al baño, Minerva cerró por fuera y al parecer sin respirar regresó por donde había entrado. Me hubiera encantado haber podido contribuir a los olores que se empezaban a concentrar en el mal ventilado baño de Genaro, pero me consolé con el recuerdo de aquella memorable pregunta antibelicista “¿A qué huele el miedo, mi Teniente?”
Alrededor mío, sin contar a los policías, reconocí a parte de los que cuando llegué se amontonaban en la entrada, y que ahora ya se encontraban bien instalados en el suelo o en sillas y sillones.  Hablo principalmente de las empleadas del salón de Toña y los del Diario Oficial de la Federación.  Uno de ellos me cedió su lugar en un sillón, para a su vez acomodarse en el gordo brazo de éste.  Me senté con Teófila en las manos para observar cómo las circunstancias se iban haciendo cómplices, unas de otras, hasta lograr imponer un velorio donde los “dolientes” éramos puros ciudadanos solidarios.  Cero parientes.  ¿Estábamos celebrando un acto ilegal? Si no ilegal, si inexistente, había dicho el agente de agentes al salir del baño después de que una mujer cargada de azucenas quería ser la primera en dejar su ofrenda junto al muertito.  ¡Inexistente! Como declaran a las huelgas más auténticas.  Querían ignorar el velorio como lo hacen con los molestos movimientos sociales antes de reprimirlos.  Se corrió la frase insultante «Ustedes no cuentan. Si no hay parientes nos llevamos el cadáver a la morgue» La respuesta tomó vida propia « ¡Yo soy pariente! ¡Todos somos parientes!»  Esta pequeña rebanada de sociedad civil ejercía sus derechos naturales velando a uno de sus muertos mientras que las autoridades responsables no contaban con la presencia de ningún pariente del occiso para identificarlo.  Lo único que sabían lo sabían por los vecinos, mis fieles amigas.  Lo que procedía era trasladar el cadáver al anfiteatro, pero no se atrevían ni siquiera a sacarlo de la tina.  La tensión disminuyó hasta alcanzar lo que parecía ser un estado estacionario.  Sólo lo parecía. 



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